La pesadilla mexicana | El Imparcial de Oaxaca
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Hoja por hoja

La pesadilla mexicana

 


Durante décadas, de 1930 hasta 2000, transitamos en una suerte de paz política en la que tuvimos trece presidentes de la república, en su mayoría elegidos por decisión de su antecesor y mediante el conocido método infalible del “dedazo”.

El ingenio verbal usaba tres expresiones que definían al sistema político-electoral mexicano: “madruguete”, “tapado” y “dedazo”. Se decía que era justamente el presidente quien solía dar “madruguete” cuando antes de que las “fuerzas vivas” (organizaciones corporativas) pudieran proponer algún candidato. Los más sonados madruguetes fueron los que dieron Lázaro Cárdenas y Adolfo Ruiz Cortines. En 1940 el “Tata” heredó la silla presidencial a Manuel Ávila Camacho, contra la creencia de que sería Francisco J. Mújica su mentor y amigo. En 1958, Ruiz Cortines sorprendió a todos al designar a Adolfo López Mateos, el Secretario del Trabajo y no precisamente uno de sus allegados íntimos.

En los dos casos citados se reconoce que hubo aciertos. Lázaro Cárdenas mismo fue presidente por un “dedazo” de Plutarco Elías Calles, cuando éste sostenía el mando político del país desde la muerte de Obregón en esa etapa un tanto funesta que se conoce como “Maximato”. El primer presidente impuesto por el nuevo sistema fue Pascual Ortiz Rubio, en las elecciones fraudulentas de 1929 por obra y gracia del mismo Calles que, junto con el embajador Morrow, había ideado la creación del partido único “institucional” que dio presidentes sucesivamente hasta las elecciones de 1994 en que resultó ganador Ernesto Zedillo, pero que en 2000 fue el primer priista en Los Pinos que reconocía el triunfo del candidato del PAN, que era Vicente Fox, con quien se rompía la secuela oficialista de mandatarios, algunos buenos, otros malos y dos que tres peores.

Puede decirse que hasta 1970, el país fue registrando aceptables tasas de crecimiento económico y que la paz pública era una simulación ocultada por una sórdida represión y control en los medios masivos de comunicación y en las expresiones públicas de descontento. Los movimientos ferrocarrilero y magisterial, dieron pauta para ciertos despertares entre la sociedad; pero fue el Movimiento Estudiantil de 1968 el que verdaderamente alertó al país de que vivíamos en una imposición política obscurantista y nada democrática aunque oficialmente teníamos sufragio libre y secreto.

El único mérito que se ha heredado desde 1930 es que no tenemos reelección presidencial, aunque ha habido dos brotes: la primera con Miguel Alemán (si bien se reconoce que él mismo no lo manifestó); el otro fue Luis Echeverría, que hizo denodados esfuerzos por mantenerse en el poder pero su elevadísima impopularidad lo llevaron al desprecio ciudadano. Echeverría fue quien dio al traste con esas tranquilidades políticas y económicas que vivía México, ya que colapsó el sistema monetario y no se descarta que fue el instigador de la brutal represión de 1968 que culminó el 2 de octubre en Tlatelolco.

Luego del propio revisionismo dentro del PRI, señaladamente el ideario de Jesús Reyes Heroles, México entró al casino de la democracia, donde los políticos son verdaderos tahúres y malos perdedores pero los partidos son la banca que nunca pierde y además siempre quiere arrebatar a la mala: siempre carecerán de argumentos sólidos y donde los procesos poselectorales son como cuadriláteros de lucha libre con “relevos australianos” y donde no hay técnicos, sino únicamente rudos que se pican los ojos mutuamente y esconden corcholatas para raspar al oponente.

Lo visto estos días en los estados de Coahuila, México, Veracruz y Nayarit sólo demuestra maldad política y perversidad electoral. Un país de mayoría en pobreza derrocha su erario en complacer a la clase más despreciada y corrupta del país: los políticos, y a ellos hay que mantener con el producto de nuestro trabajo. Subvencionamos la perversidad y el pillaje. Sacrificamos educación, salud y seguridad. Es el México actual.