Día de Muertos: así surgió la ancestral relación entre México y la muerte - El Imparcial de Oaxaca
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Día de Muertos: así surgió la ancestral relación entre México y la muerte

Los aztecas celebraban esta época con una serie de festejos que recibía el nombre de Tlaxochimaco; con la llegada de los españoles, las fiestas coincidieron con ceremonias católicas de Día de Todos los Santos


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El Día de Muertos, celebrado en México el 1 y 2 de noviembre, se ha consolidado como una de las tradiciones más representativas de la cultura del país. Esta celebración tiene sus raíces en la creencia indígena sobre el retorno de las ánimas de los difuntos al mundo de los vivos. Pese a la popularidad de estos festejos, no todos conocen los orígenes de esta tradición, la cual tiene aproximadamente 3,000 años de antigüedad, pues se estima que inició en el año 800 a.C.

Según el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), la tradición del Día de Muertos es proveniente de la época prehispánica. En el pasado se recordaba a los que ya habían partido a uno de los cuatro lugares a los que podía ir el Tonalli, como se le conocía al alma o espíritu. Cabe mencionar que la celebración era muy diferente a la que actualmente se conoce; para empezar, los festejos no eran de dos días, los aztecas celebraban a los difuntos por casi un mes.

De acuerdo con la Fundación Centro Histórico de la Ciudad de México, los aztecas conmemoraban el Día de Muertos con una especie de festival que duraba aproximadamente un mes. La serie de festejos recibía el nombre de Tlaxochimaco (ofrenda de las flores) y se llevaba a cabo del 23 de julio al 11 de agosto, aunque algunos registros indican que las fiestas podrían extenderse hasta septiembre; en esta época, el pueblo azteca se dedicaba a honrar a los espíritus de los antepasados fallecidos y al dios y la diosa que gobernaban el inframundo.

 

Durante el festival Tlaxochimaco, los aztecas solían colocar ofrendas para sus difuntos y dioses; además, se sacrificaba a una persona que representaba al señor del inframundo, Mictlantecuhtli; y se ofrendaban niños a Tezcatipoca, dios azteca de la noche y todas las cosas materiales. Como parte de las ofrendas, los aztecas ofrecían comida y semillas a los dioses. Durante las fiestas las mujeres y los hombres danzaban tomados de las manos o abrazados y cantaban en los patios de los templos. Los ancianos, por su parte, bañaban a los niños y les cortaban el cabello, y los emplumaban.

La importancia de las ofrendas para los aztecas

En el festival Tlaxochimaco, los aztecas no solo ofrecían ofrendas para sus deidades, sino que también dedicaban cacao, cera, aves, semillas, copal y comida a sus difuntos, esto con la intención de que sus almas pudieran llegar a Mictlán, uno de los cuatro lugares a dónde se creía que iban las personas que habían partido del mundo de los vivos.

Los aztecas tenían la creencia de que el alma de los difuntos, también llamada Tonalli, podía ir a cuatro lugares distintos tras morir y esto estaba determinado por la manera en la cual la persona fallecía; Tonatiuhichan, o Casa del sol, que es el sitio a donde iban los guerreros. A este lugar también iban las mujeres que morían en su primer parto, pues eran consideradas guerreras. Luego de cuatro años se creía que ellos podían regresar a visitar la tierra de los vivos en forma de colibrí o mariposa.

El Tlalocan, o lugar de Tláloc, era el sitio al que iban las personas que morían ahogadas, o su muerte tenía relación con el agua. El Tlalocan era imaginado como una especie de paraíso en el que abundaban todo tipo de plantas y flores, valles verdes, montañas frondosas, ríos y lagos.

Otro lugar era el Chichihuacuauhco, o el lugar del árbol con chichis, este estaba destinado a los pequeños difuntos. Los aztecas pensaban que en este sitio había un enorme árbol, del cual escurría de sus ramas leche para que pudieran beberla y seguir alimentándose. Además, se creía que los niños que se encontraban en este lugar podrían poblar de nuevo la tierra cuando la humanidad actual fuese destruida por los dioses.

Mictlán, o lugar de la muerte era el cuarto de los sitios a donde podía ir una persona fallecida. Aquí residían las almas de todas aquellas personas que morían de manera natural. En este lugar los aztecas tenían la creencia de que los difuntos debían cruza un río, para lo que supuestamente necesitaba la ayuda de un perro xoloitzcuintle. Sin embargo, para que una persona pudiera llegar a Mictlán, se creía que era necesario un lapso de cuatro años, por lo que en ese tiempo los familiares del difunto solían hacían ofrendas, para que su muerto pudiera llegar a salvo. Cabe señalar que luego de los cuatro años se dejaba de hacer estos rituales.

Cuando llegaba aquel mes de agosto, los aztecas tendían ofrendas a los muertos, en especial para aquellos que se encontraban de camino a Mictlán, para las que utilizaban copal y cempasúchitl para marcar el camino de regreso a este mundo terrenal. Cuando los españoles llegaron a América en el siglo XV, estaban aterrados por las prácticas de los aztecas, ya que en estas festividades solían hacer sacrificios humanos; por lo que, en un intento para instaurar el catolicismo, se movió el festival hacia las fechas de noviembre para que coincidieran con las ceremonias católicas de Día de Todos los Santos y Todas las Almas. Por eso la celebración tiene tintes cristianos, pero también indígenas.


 

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