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Bienes culturales: reconstruir por respeto

“Los monumentos históricos tienen un significado común y, a veces, personalísimo. Por los terremotos de septiembre, se dañaron en México 1,452. Pueden multiplicarse por miles, entonces, las historias personales intervenidas, dañadas, transformadas para siempre”.


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Debíamos esquivar los puestos de ropa tendidos a lo largo y ancho de la plaza. No es que estuviera bien la disposición de tantas vendedoras sentadas en el suelo y los estrechos e intrincados pasillos para llegar hasta la puerta de Catedral, pero daba la impresión —por la caída de la niebla, la oscuridad que va apoderándose de los rincones, las pequeñas lámparas como luciérnagas alumbrando la mercancía y las voces en lenguas y dialectos desconocidos para nosotros— de que estábamos, en ese momento, cambiando de siglo.

Era recrear algún antiguo tianguis perdido en el tiempo. Se disponían prendas hiladas con rudeza, rollos de múltiples muñecas esperando algún entusiasmo infantil para animarse, los rostros de las vendedoras sin prisa, sin la ansiedad de los comerciantes de nuestro tiempo, más ocupados en competir que en vivir.

Allí, en San Cristóbal de las Casas, persiste una polémica grande por la ocupación masiva de plazas y callejas por parte de vendedores ambulantes. Incluso, hace poco tiempo, decenas de personas firmaron una petición a las autoridades para actuar con prontitud, antes de que la ciudad perdiera “su encanto”, mezcla de pueblo de montaña y centro de una cultura diversa, admirable, abrumadora.

Sin embargo, las personas van ocupando los espacios que consideran necesarios para sobrevivir y todo lo ajeno (como las expectativas económicas y los gustos turísticos) resulta discurso de otras clases. Al fin y al cabo, ellos participan poco de los beneficios y nadie se toma la molestia de explicarles, ni de hacerles sabedores de las supuestas ventajas del “desarrollo económico”.

Esa tarde-noche, al fondo de la plaza, a pesar del frío, unos jóvenes descamisados bailaban danzas prehispánicas. Los plumajes hacían un contraste luminoso con el cielo oscuro. El incienso se veía poco, pero se colaba por el cabello de las personas, dejándoles su rastro perfumado para siempre.

En los tianguis prehispánicos, de hecho, además de actos de trueque, también se efectuaban rituales y puniciones. Pascale Villegas recuerda en un artículo en la revista Estudios Mesoamericanos (Nueva época 8, enero-junio, 2010):
“La iglesia, por su parte, no pasó por alto la ventaja de tener reunidas a tantas personas; de modo que plantó y estableció la catedral junto al mercado (como en Europa) y reemplazó las reliquias prehispánicas erguidas en el momoxtli del tianguis por un predicador”.

La catedral junto al mercado y no al revés.

En este caso, la Catedral de San Cristóbal, como casi todos los monumentos históricos religiosos de importancia en la ciudad, se encuentran cerrados, debido a la destrucción ocasionada por los terremotos del pasado septiembre. Láminas y letreros impiden el paso de visitantes y sorprende ver campanarios apunto de venirse abajo, grietas inocultables, una fragilidad estructural generalizada.

Miles de inmuebles culturales afectados

En todo el país, 1452 inmuebles de valor cultural se vieron afectados por los sismos. Oaxaca cuenta con mayor número (284), pero fueron los inmuebles del estado de Morelos los que presentan el daño más grave (48% de sus inmuebles tienen ese grado de afectación). En todo el país, 28 zonas arqueológicas y 25 museos y centros culturales, necesitan de intervención.

Para nadie resultan ahora sorpresivos estos números. Cuando se los compartí a un querido amigo, me respondió: “deja eso, antes estamos vivos”. Pero luego, ya en el hilo de la conversación, repasamos los inmuebles afectados en nuestra ciudad (Oaxaca) y nos percatamos de cómo ciertas historias, propias o familiares, se resentían debido a las afectaciones del desastre. Barrios tradicionales de la ciudad, que durante décadas establecieron su actividad comunitaria alrededor de ciertos templos, por ejemplo, hoy vislumbran la destrucción de esos monumentos como una metáfora de su propia vida: “Si el templo es tan frágil, cómo no lo seremos nosotros”.

Las familias y vecinos han debido modificar en no pocos casos sus rutinas cotidianas, e incluso, suspender sus reuniones o convivencias para mejores tiempos. Así comienzan —ustedes y yo lo sabemos— a generarse los distanciamientos, los grandes lapsos de tiempo sin conversar con amigos o conocidos, a destruirse las relaciones humanas.

Entonces, el valor de estos inmuebles —además de su reconocimiento histórico, artístico o cultural— es simbólico, pues durante generaciones han representado una referencia del lugar en que vivimos e incluso de las generaciones de las que descendemos.

El Manual de referencia para la gestión de riesgos de desastres para el patrimonio mundial (UNESCO/ICCROM/ICOMOS/UICM, 2014), a la pregunta: ¿Cómo puede un bien del patrimonio desempeñar un papel más activo en la recuperación y rehabilitación después de un desastre?, responde entre otras cosas: “reconociendo que el patrimonio cultural y natural es una fuente de identidad que puede contribuir a la recuperación psicológica de la víctimas de los desastres”.

Reconstruir por respeto

Al salir de San Cristóbal, nos quedó la sensación de haber estado allí y, al mismo tiempo, haber visitado una ciudad distinta, inacabada, pendiente de reconstruir. Luego, al llegar a Oaxaca y transitar a un lado de muros apuntalados y barreras en ciertos monumentos, también nos dio la impresión de que una parte importante de la reconstrucción está quedando en el olvido: el respeto a la memoria y la identidad de la gente.

Se entiende la urgencia de atender ciertas necesidades de subsistencia. Pero ¿quién dice que la identidad no es también una necesidad apremiante?
@JPVmx