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Pirotécnicos celebran Corpus Christi en Juchitán

En los pueblos, los cuetes son señal de si habrá un entierro o una fiesta; en Juchitán, sobreviven 30 personas dedicadas al oficio


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Son los seres que crean la luz y el sonido que llaman a una celebración en el Istmo y en todo el mundo; con sus manos elaboran casquillos de pólvora que producen truenos y luces multicolores; son los pirotécnicos que celebran el jueves del Corpus Christi en Juchitán.

Sin cuetes en los pueblos, no se sabe si habrá un entierro o una fiesta. Los abuelos comentan que en los funerales prenden uno o dos cuetes para dar a conocer el suceso, y en las bodas y celebraciones festivas son más de tres.

A los pirotécnicos también los conocen como cueteros y son alrededor de 30 las personas que aún conservan este arte. Y no solo es un oficio de hombres, sino también de mujeres; Nereida Vicente y María Luisa Carrasco Jiménez son dos de ellas, que a diario realizan casquillos de pólvora para crear cuetes multicolores.

En Juchitán, la celebración del Jueves del Corpus Christi lleva más de medio siglo y los cueteros lo dedican para agradecer al “Santísimo Sacramento” sus bondades. Es una conmemoración heredada de generación en generación y en este 2017 quienes la encabezaron fueron Alejandro Aquino Sánchez y Zenaida Carrasco Jiménez, que fungieron como mayordomos.

El Jueves Corpus Christi se realiza un  paseo de flores y frutas, con carretas y carros adornados, que recorren las principales calles de Juchitán. En ellos, se llevan figuras elaboradas con los cuetes, como castillos miniatura y toritos y malandrea (muñecos que simulan un  hombre y mujer), sin faltar la infinidad de cuetes que se prende durante el recorrido.

Al día siguiente celebran su fiesta, los cueteros van vestidos con su guayabera blanca o con su traje típico (enagua y huipil), en el caso de las mujeres. Los cuetes no pueden faltar y tampoco el vals, pues agradecen al “Santísimo Sacramento” la fortaleza para seguir realizando lo que les gusta y con mucha pasión.

 

Luchan por la sobrevivencia

En el Istmo de Tehuantepec, este arte lucha por su sobrevivencia; en Juchitán, son apenas 30 personas, en un universo de 90 mil habitantes. Otras localidades como Unión Hidalgo, San Dionisio del Mar, Tehuantepec y Salina Cruz también elaboran cuetes, pero son pocos quienes se dedican a ello.

Este arte no sólo es admirado por clientes istmeños, sino por nacionales, aunque los cueteros reconocieron que sus peores clientes son las autoridades municipales. El éxito de un cohete es que prenda y suene; y si es con luces, que se esparza por el cielo durante varios segundos.

“Es un oficio muy peligroso, la pirotecnia ha cobrado vidas en Juchitán, pero cuando te apasiona no lo puedes dejar”, expresó Octavio Santiago Flores, quien desde los seis años de edad realiza cuetes.

Su niñez la vivió en medio de la pólvora, de los hilos, los pedazos de papel y las tiras de carrizo secas; su padre Mateo “Cohetero” y su abuelo Andrés Flores le heredaron el oficio.

En Juchitán, los cueteros tienen un espacio llamado “Polvorín”, que cuenta con un permiso  de fuegos pirotécnicos avalado por la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) para manipular la pólvora y evitar riesgos en sus hogares.

“A mucha gente no le gusta la cohetería por los accidentes; aquí en Juchitán han habido casos lamentables, hace años una casa explotó y murieron dos niños, por eso hemos optado por trabajar en el polvorín y así evitamos riesgos, otro factor es la lluvia, la humedad tampoco nos ayuda”, dijo.

María Luisa Carrasco Jiménez, además de madre y abuela, se dedica a la cohetería; lleva 37 años elaborando sus cuetes con los cuales obtiene recursos para sobrevivir.

“Cuando me casé fue que aprendí a elaborar cuetes, mi esposo  me enseñó y ahora que ha muerto sigo haciendo mis casquillos de pólvora, es un oficio de mucha concentración, tiene sus técnicas para elaborarlo y me gusta”, expresó.

Este oficio no es difícil aprender, pero sí peligroso y requiere de mucha paciencia, coincidieron los cueteros, quienes anhelan que las nuevas generaciones manipulen la pólvora y lo vean como una fuente de vida.

“Gracias a los cuetes, mis hijos pudieron terminar una carrera y muchos de ellos aprendieron; debemos revivir los oficios, la cohetería tiene sus riesgos pero es un empleo seguro, aquí en el Istmo siempre hay fiestas y los cuetes son un requisito indispensable”.

Además de la pólvora, los cueteros utilizan el clorato de bario para darle color a los cuetes y también los sonidos.

Los castillos normales que elaboran son de 2 metros, pero algunos han hecho inclusive hasta 10 metros de altura, lo más difícil y peligroso es integrar las bombas porque un fallo sería la pérdida de alguna extremidad o de la propia vida.

Alejandro Charis Sánchez, Martín Vicente, Mariano Romero López, Juan José Martínez Ordoñez, José Alberto Gutiérrez, César Ortiz, Lorenzo Antonio, Víctor Santiago López, Cándido Alonso, Sebastián Alonso, Eleazar y Víctor Gutiérrez son algunos de los socios, muchos heredaron el arte de sus abuelos y padres y otros por iniciativa propia.

“Elaboramos castillos de 5 a 10 metros, todo es a gusto del cliente, a algunos le ponemos un solo color y en otros combinado. Hacemos figuras o le agregamos alguna imagen o letreros, otros quieren con un solo trueno o dos y algunos con silbido. En fin, todo lo hacemos al gusto”, expresó Alejandro Charis Sánchez, quién lleva 37 años elaborando cuetes.

Los cueteros coincidieron que a pesar de ser un trabajo riesgoso, es una opción de empleo y recomendaron a las nuevas generaciones que en vez de quejarse comiencen a ocuparse en la pirotecnia.


 

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