Los mirados y los exóticos también rompen cadenas
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Arte y Cultura

Los mirados y los exóticos también rompen cadenas

Lukas Avendaño es un artista muxe que está rompiendo el cerco de la lucha por sus derechos sexuales y libertades


Fotos: Ariel Ojeda // El performance se convirtió en un territorio en el que encontró su lugar como artista, recurriendo a la danza o la poesía.
Fotos: Ariel Ojeda // El performance se convirtió en un territorio en el que encontró su lugar como artista, recurriendo a la danza o la poesía.

 

Mi madre me parió en un terreno rodeado de mezquites […]. Mi ombligo fue enterrado debajo de un árbol de almendra; […] mi educación se fincó en el seno de una familia de indias refajudas, indios patas rajadas e indios sodomitas. ¿Mi sueño y utopía? Romper el cerco, no por venganza, sí por justicia”, escribe Lukas Avendaño.

Lukas Avendaño (1977) es antropólogo y artista muxe, originario del Istmo de Tehuantepec, Oaxaca. Estudiar le permitió escapar del “destino manifiesto” de su comunidad: trabajar el campo o ser migrante. Hoy se considera un antropólogo de su propia persona, piensa que ha llegado la hora de que los “estudiados”, los “mirados” y los “exóticos” rompan las cadenas y tomen control de la narrativa

El trabajo de Lukas Avendaño traspasa fronteras, centrándose en su origen indígena, pero, sobre todo, en la “muxeidad”. Los muxes es un tercer género en la comunidad zapoteca Be’ena Za’a, que lucha por una vida libre de violencia. Nacieron con el sexo masculino, pero asumen en la sociedad roles afectivos, sexuales o laborales, entre otros, que son considerados “femeninos” en esta cultura indígena.

Desde que Lukas Avendaño era estudiante en la Facultad de Artes de la Universidad Veracruzana, en Xalapa, el performance se convirtió en un territorio en el que encontró su lugar como artista, recurriendo a la danza o la poesía, como herramientas de trabajo. Gracias al arte performático, Avendaño puede sentir, pensar y enunciarse.

Hace 40 años, los muxes sólo tenían un futuro preestablecido: ser estilistas, poner vals para quinceañeras o ser trabajador sexual. Lukas escapó de ese destino. Su hermano Bruno, al contrario, no pudo. Migró a los campos agrícolas de Sonora, cruzó a Estados Unidos y fue deportado. Se unió a la Marina y, en unas vacaciones, desapareció y fue asesinado en un paraje del Istmo, Los Manguitos, en 2018.

 

La realidad de la desaparición forzada trastocó su vida.

 

Los recuerdos lo persiguen. “Tengo una fotografía [de Bruno] en mi cabeza, de una ocasión en que fuimos a sembrar y nos agarró la lluvia. Mi padre cortó hojas de plátano, a cada uno nos dio una para cubrirnos [del agua], íbamos en fila detrás de él. Mi cabeza empezó a imaginar que éramos hormigas arrieras”, dice Lukas Avendaño.

​La realidad de la desaparición forzada trastocó su vida. Ha documentado las trabas e irregularidades del caso para encontrar a Bruno. Le ha dedicado mente y cuerpo. Por momentos, siente que la memoria se desdibuja entre amenazas telefónicas y los laberintos procesales de las instituciones. Su denuncia la ha llevado incluso al performance, una forma de ejercicio artístico-político en el escenario.

Por las amenazas que ha recibido, Lukas Avendaño forma parte del Mecanismo de Protección para Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas. Teme por su vida y exige a las autoridades protección para su familia. “Los acuso [a las autoridades] de someterme a su laberinto procesal por mi genotipo prieto, mi tradición campesina, mi indianidad, mi identidad muxe-homosexual y mi origen oaxaquita, los acuso de su violencia institucional al aprovecharse de mi ignorancia de las leyes y reglamentos”.

El 4 de abril de 2024, en los jardines del Museo de Arte Moderno (MAM), Lukas Avendaño presentó Bedxe’guie, un performance bajo la curaduría de Gabriel Yépez. Junto a otros artistas performáticos, buscó una reflexión sobre la “otredad” desde una mirada decolonial. Su mirada reaccionaria lo ha llevado a escenarios fuera de México.

En el MAM, valiéndose de la corteza de un tronco de platanar, tierra fértil para cultivar y semillas de maíz, pudo explorar lo que sucede en el Istmo “después de un deceso en el seno de la familia”. Llama la atención un arnés dorado que lleva en la boca. “El propósito es mostrar mis dientes, metonimia del consuelo de algunas madres buscadoras”, dice y repite: “Me conformo con encontrar un diente de mi hijo”, detalla.


aa

 

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