El rostro de Eligia | El Imparcial de Oaxaca
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Arte y Cultura

El rostro de Eligia

El desierto y su semilla es, sobre todo, el testimonio desesperado de alguien que intenta comprender algo que se manifiesta, pero no tiene nombre.


Se acude al vocablo “maldición” cuando un número desproporcionado de acontecimientos crueles, desafortunados o —en todo caso— fuera de lo común, caen sobre alguien o algo como si una fuerza inadvertida se ensañara con esa existencia particular. Deduciendo fríamente es posible hallar una secuencia causal que conduzca a los orígenes de una maldición de tipo familiar; por lo menos, esto es lo que el escritor argentino Jorge Barón Biza (1942-2001) explora en El desierto y su semilla, novela que ha ido ganando adeptos desde su primera edición en 1998.

El testimonio gira en torno a varias heridas provocadas por la acción corrosiva de ácido sobre la piel de Clotilde (nombrada Eligia en la novela) y el trabajoso propósito reconstructivo que, como es natural, atraviesa varias etapas. El 16 de agosto de 1964, durante una reunión convenida para pactar el divorcio definitivo, el excéntrico millonario Raúl Barón Biza agredió a Clotilde Sabattini vaciándole sobre la cara un vaso lleno de ácido. Este será un acontecimiento definitivo que sellará el destino del resto de la familia Barón Biza. El lapso que el autor decide contar comprende 15 años: desde el momento posteriormente inmediato a la agresión hasta el mes de enero de 1979; para entonces, sus padres, Raúl y Clotilde, y uno de sus dos hermanos, se habrán ya suicidado en diferentes momentos y circunstancias.

Es fácil dejarse llevar por el morbo que envuelve la historia que circunda El desierto y su semilla: bastan unas pocas líneas para ser traspasado por el terror de la inaudita reacción del ácido en contacto con la piel. Desde el punto de vista del narrador, el breve camino al hospital con el que inicia la novela resulta tardo y duradero ─por el espejo retrovisor, la cara de Eligia abandona lentamente la simetría y con ella el carácter sujeto a su voluntad individual. Las personas detrás de los personajes tuvieron papeles relevantes en la vida sociopolítica de mediados del siglo XX argentino: Clotilde presidió en 1958 el Consejo Nacional de Educación y, durante el peronismo, dirigió el periódico Semana Radical así como el Primer Congreso Nacional de Mujeres Radicales. Conoció a Raúl Barón Biza mientras se encontraba en Europa becada por su desempeño académico y, pese a ser 20 años más chica que él, decidió contraer matrimonio. En el caso de Raúl se trataba de segundas nupcias, pues su primera esposa, la actriz Myriam Stefford, había muerto en un accidente aéreo, hecho en el que presumiblemente ancló su marcada inestabilidad y vehemencia posteriores. Pese a todo lo que rodea El desierto y su semilla, la obra trasciende el mero episodio traumático al situarlo como un vector más de la atrocidad general de la vida.

A pesar de lo terrible de los acontecimientos, la novela es narrada con valentía y honestidad: la descripción limpia, puntual, se entrelaza con observaciones filosóficas que contrastan con su aporte de crudeza existencial. La relación de Eligia con su hijo, enmarcada en la peregrinación de un hospital a otro de Argentina e Italia, es uno de los centros gravitacionales más emotivos de la obra, así como la acuciante reflexión sobre la vulnerabilidad del cuerpo, “un ritmo de vacíos y tensiones”. Ciertas aventuras aisladas que el autor experimenta en primera persona avanzan paralelamente a la lenta, desproporcionada y dolorosa recuperación de Eligia y su lucha contra lo imposible que tendría su final, por lo menos para ella, una mañana de otoño de 1978.

El desierto y su semilla es, sobre todo, el testimonio desesperado de alguien que intenta comprender algo que se manifiesta, pero no tiene nombre. Las preguntas continúan aumentando luego de que la maldición, con su voraz carácter ineludible, alcanzara al autor tres años después de publicar su novela.