¡Qué viva Caicedo!
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Arte y Cultura

¡Qué viva Caicedo!

El suicidio de Andrés Caicedo cuando tenía 25 años generó un profundo desconcierto en la comunidad cultural colombiana


El suicidio de Andrés Caicedo cuando tenía 25 años generó un profundo desconcierto en la comunidad cultural colombiana. Era 1977, y el nombre de Caicedo era poco relevante afuera de las fronteras de su país. Años previos había ganado el Primer Concurso Literario de Cuento de Caracas con “Los dientes de Caperucita” —relato que expresaba la intención precoz de revolucionar el lenguaje literario—, circunstancia que de inmediato posó sobre sus hombros la atención relativa de los lectores de la región.

Además de la música y la literatura, la otra gran pasión de Caicedo fue el cine: junto a sus amigos fundó el Cine Club de la ciudad de Cali, y lideró la revista Ojo al cine que gozó de cinco números gloriosos. La intención de que sus guiones La sombra sobre Innsmouth y La estirpe sin nombre se convirtieran en largometrajes, lo orillaron a viajar a Los Ángeles y luego a Nueva York. Su propósito era poner los guiones en manos de un cineasta y con ese fin buscó, sin éxito, entrevistarse con Roger Corman, quien en ese momento trabajaba como productor de la película Death Race 2000. A pesar del chasco que resultó la empresa hollywoodense, durante esa primera y corta estancia en Estados Unidos, Caicedo comenzó a crear esbozos de ¡Que viva la música!, novela con la que su legado literario iba a inmortalizarse.

¡Que viva la música! puede ser interpretada como la carta de adiós de un suicida. Caicedo escribe por el final de la obra una suerte de manifiesto personal donde apunta sentencias muy significativas como la de “Muérete antes que tus padres para librarlos de la espantosa visión de tu vejez”; o el revelador dicho que expresa “Tú enrúmbate y después derrúmbate”. En efecto, antes de atentar de modo definitivo contra su vida, Caicedo mostraba síntomas de desequilibrio y angustia existencial: previamente, por lo menos en dos ocasiones ensayó su muerte, de manera que no era un secreto familiar la tentación a la que cierta sensibilidad atormentada lo conducía. La diferencia entre estos amagos con el último y absoluto; sin embargo, es el hecho de que decidiera hacerlo en un momento de esplendor personal y no de tristeza o decadencia: el viernes 4 de marzo, el mismo día que recibió la copia de la primera edición de ¡Que viva la música!, ingirió un cuantioso número de barbitúricos con los que firmaría su sentencia de muerte. La novela —por lo tanto— es una declaración de principios, y el testimonio de una vida corta e intensa.

Más allá del argumento, ¡Que viva la música! destaca por la laboriosa renovación del lenguaje literario, por mucho tiempo enmarcado en los preceptos formales del realismo mágico; en particular en Colombia, la generación del boom dominaba el discurso de las letras desde una década previa con la publicación de Cien años de soledad (1967), de modo que con la aparición de la obra, Caicedo se convirtió en una bisagra intergeneracional, una voz prematura en la irrupción de nuevos escritores que procuraron —entre otras cosas— romper con García Márquez. El estilo de ¡Que viva la música! está encausado por un lenguaje desbocado con vida propia que expresa en cada detalle la idiosincrasia caleña: el léxico, la cadencia, la sintaxis plástica hablan de los desencantos de la juventud, de “la sufriente resignación del trópico”, pero también de la entrega plena a la fiesta y al consuelo que facilita la rumba.

María del Carmen Huerta, la Mona, protagoniza una historia casi psicodélica de drogas, amistad y, sobre todo, música. En medio del nihilismo juvenil, la música se presenta como vocación, destino, posibilidad… para favorecer a los lectores, Rosario Wurlitzer, una supuesta conocedora del manuscrito de la Mona, no deja de apuntar una discografía esencial a manera de soundtrack que atraviesa de Willie Colón a The Rolling Stones.

Desde su primera aparición, ¡Que viva la música! ha sido traducida a varios idiomas, comenzando por el alemán, así como no ha dejado de editarse en español. En 2015, se estrenó una película dirigida por Carlos Moreno inspirada en esta novela fundamental.