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Afecta desuso de instrumentos a las músicas de Oaxaca

El intérprete e investigador Rubén Luengas promueve el rescate del bajo quinto, que tuvo su auge en el siglo XIX y parte del XX


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Rubén Luengas, músico e investigador, espera que el bajo quinto no desaparezca, como ha sucedido con la jarana mixe o la guitarra séptima. Y es que, a decir del director de la Orquesta Pasatono, en el estado hay varios instrumentos que ya no se usan para las interpretaciones de las músicas de los pueblos, por lo que quedan sólo como antigüedades.

De la jarana mixe, Luengas alude a un documento del año 1940, en el que investigadores de la Secretaría de Educación Pública hicieron una recopilación de música indígena y registraron una jarana mixe en Ayutla.
Pero ese instrumento, agrega, “ya no existe o al menos nadie sabe cómo es o dónde hay un ejemplo de ese instrumento”.
Algo similar pasa con la guitarra séptima, de la que explica sí existe en el estado, sólo que como una antigüedad nadie ejecuta.
Para evitar la desaparición del bajo quinto, Luengas ha emprendido varios proyectos, como el de Pasatono Orquesta, Somos Negros de la Costa y el taller de Pasatono Orquesta Mexicana, este último impartido y concluido hace unas semanas en el Centro de las Artes de San Agustín, Etla.

No obstante, sus esfuerzos se han manifestado en colaboraciones varias, como la hecha con el artista audiovisual Tito Rivas, a través de la instalación sonora Bajo quinto: sombras de un sonido, de la exposición Entre límites (en curso en el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca, MACO).

El bajo quinto es un instrumento que tuvo gran vitalidad en el siglo XIX y hasta la mitad del siglo XX, fue muy popular en la región Mixteca y muchos lugares del país como Puebla, Morelos, Tlaxcala, Guerrero y Oaxaca.

Sin embargo, su decadencia se dio por varios factores: la introducción de la guitarra sexta como un instrumento masivo, el cambio de la economía local de las lauderías, entre otros.
En la actualidad, “el bajo quinto es un instrumento que está prácticamente desapareciendo”, refiere Luengas, ya que son muy pocos los músicos en el estado de Oaxaca que como él se dedican a ejecutarlo.

Luengas, por ejemplo, ha dedicado gran parte de su vida al estudio del bajo quinto, desde varias perspectivas: histórica, organológica, musical, de la construcción, de su uso y función en la sociedad.

Y aunque se han hecho esfuerzos por reactivarlo, por ejemplo con el proyecto Somos Negros de la Costa, que realiza junto al investigador Sergio Navarrete Pellicer, indica que aún falta mucho trabajo por hacer.

LAS SOMBRAS DE UN SONIDO

Ante ese panorama en torno a bajo quinto, Luengas destaca la colaboración con el artista Tito Rivas, con quien hace cuatro años trabajó el paisaje sonoro de Oaxaca, por medio de la Fonoteca Nacional.

Recuerda que fue a partir de ese proyecto que Rivas conoció el bajo quinto y por lo cual surgió el montaje de una instalación sonora que evocara al sonido del bajo quinto, como la sombra de un sonido o el recuerdo efímero de un instrumento que está en agonía.

“Trabajamos y él hizo una propuesta de hacer visible el sonido, a partir de los espectrogramas, de la gráfica del sonido como una pieza visual y de alguna manera hacer un transductor que te haga visualmente entender lo que estás escuchando”.

Asimismo, para deconstruir el instrumento en partes que se observan en parte de la instalación que alberga el museo.

La obra se hizo pensando en no descubrir desde un principio el instrumento, sino hasta el final, como ocurrió el fin de semana pasado, cuando Luengas realizó experimentaciones sonoras.
Esta dinámica fue anexa a la exposición, sin las pretensiones de un concierto en forma, más bien una exploración del instrumento junto a un amplificador de bulbos de los años 70 del siglo pasado, “porque ese es, desde mi perspectiva, el procesamiento del sonido a través de la electrónica de los pueblos, ese el sonido de las bocinas de las iglesias, de la escuela o la presidencia municipal”.


 

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