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Costurar en Guichicovi, Oaxaca: tradición y resistencia

A través de la iniciativa Hilo de nube, emprendedores y artesanos han luchado por precios justos, revalorar los textiles y frenar la migración


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Costurar en San Juan Guichicovi es algo que hombres y mujeres aprenden desde su niñez, a través de la máquina de pedal de cadenilla y bajo el techo de sus hogares (tëkoty). Es también una actividad que se da en el núcleo familiar, como herencia entre generaciones que plasman su pasado y presente sobre un lienzo de tela. Así describen Yoari Chao y Yovegami Ascona Mora el trabajo que conocieron hace tres años y que ahora han ayudado a llevar por nuevos caminos: de revalorización de la creación artesanal, de precios justos, de sustento familiar y como freno a la migración.

Con el nombre de Hilo de nube, Yoari y Yovegami iniciaron el proyecto en 2014, con la intención dar a conocer la historia detrás de la prenda y quién la hace, algo similar a lo que iniciativas como Viernes Tradicional han hecho en los últimos años. “Pensábamos en un documental o fotografías, pero poco a poco fue agarrando forma y se hizo primero un proyecto y ahora ya lo podemos considerar una empresa textil”, refiere Yoari.

San Juan Guichicovi es un municipio de la zona norte del Istmo de Tehuantepec y próxima a la Sierra mixe; de ahí es originario Yovegami, lo que facilitó el contacto con los artesanos. La comunidad se ha dedicado por varios años a la confección de huipiles y es algo que hasta hace tres años se mantenía como una de sus principales actividades. Sin embargo, al estar lejos de un punto comercial como lo es Juchitán de Zaragoza, los artesanos tenían menos posibilidades de comercializar sus productos.

“Era muy difícil que pudieran venir a la ciudad de Oaxaca a venderlos directamente; lo que sucedía era que los revendedores iban y compraban en grandes cantidades y los iban a vender a Juchitán. Entonces, muchos de los huipiles de Juchitán son hechos en San Juan Guichicovi con una mano de obra muy barata”, explica Yoari.

De ahí que la situación que ella y Yovegami hallaran en 2014 fuera de pagos precarios, en vista que las mismas artesanas compran la tela y el hilo, y hacen el huipil, pero terminan vendiéndolos en 100 pesos, tan sólo para recuperar lo invertido y sin ninguna ganancia por su trabajo.

Que sepan que su trabajo vale

Uno de los objetivos planteados por estos jóvenes es que los 60 artesanos que comprende el proyecto sepan cuánto vale su trabajo, pues se trata de otorgar un precio justo, tomando en cuenta el tiempo invertido y el tipo de figuras hechas, pues a veces hay motivos muy antiguos que tiene un valor agregado.

“La relación que hemos tenido es que ellos se sientan parte de Hilo de Nube, que sepan que no es que nos estén haciendo un huipil, sino les decimos que están trabajando en Hilo de Nube y hay un estándar de calidad”.

Asimismo, los involucran en la iniciativa, por medio de juntas, celebraciones de aniversario o por medio de actividades recreativas y de convivencia (como las realizadas tras los sismos de septiembre, donde además de llevar víveres, se realizaron funciones de cine en la comunidad).
“Que se sientan parte de un mismo proyecto, una empresa, que también sepan que tienen ciertas prestaciones que les podemos dar un aguinaldo, un vale de despensa cada mes, eso que no se generaba antes cuando cada quien trabajaba para sí misma y veía cómo venderlo”.

Gracias al auge de las redes sociales, se han dado a conocer varios casos de plagios de artesanías. De Oaxaca, se conocieron el de la blusa de Santa María Tlahuitoltepec, el de la blusa de San Antonino Castillo Velasco y uno más relacionado con el huipil de San Juan Bautista Tlacoatzintepec; todos por parte de empresas y diseñadores de países como España, Francia y Argentina. En el país, el más reciente tuvo que ver con los bordados de Tenango, Hidalgo, usados en prendas de la marca Mango.

– Ante estos casos de plagios ¿cómo perciben las relaciones diseñador-artesanos?

– Nosotros tratamos de trabajar en una concientización de parte del artesano, que valore su trabajo, pero también concientizar al consumidor, porque al final quien regatea o prefiere comprar en cierto lugar es el consumidor. Muchas veces puedes ver piezas de Pineda Covalín, que son sólo estampados, en miles de pesos y la gente sí lo paga, por la marca, porque ya son reconocidos, y esa misma persona en un mercado no lo paga. Justo esta historia detrás de la prenda es que el consumidor sepa quién hizo el huipil y diga: este huipil lo hizo Panchito y sé que le costó trabajo (…); apelamos a ese valor emocional para que también el costo que le damos a la prenda sea aceptado por el cliente, entonces el cliente sepa que está contribuyendo a un comercio justo y a una economía social y solidaria.

Al inicio, Hilo de nube contaba con una artesana, la señora Marcelina, de quien salió el nombre del primer huipil. Ahora, ya son 60 artesanos (50 mujeres y 10 hombres), los involucrados, e incluso niños y jóvenes que empieza a aprender el oficio de sus padres.

Con este emprendimiento que cumplió tres años, Yoari y Yovegami notan que cada vez se acercan más artesanos para formar parte del mismo, gracias a los testimonios que quienes ya están.

“Los artesanos les cuentan a otras personas de que se les paga bien, se les da un trato distinto, algunas prestaciones, por eso se han ido sumando más y les gusta ser parte del proyecto.

CONCIENCIA DESDE EL CONSUMIDOR

En la actualidad, los impulsores de Hilo de nube consideran que hay una tendencia por lo artesanal, lo cual es positivo porque se abren nuevos mercados, pero también tiene aspectos negativos, como los plagios.

“Cada vez está más expuesto lo que hacemos, pero creo que la clave está en que empecemos como consumidores a apreciar el trabajo de los artesanos, adentrarnos a conocer la técnica, cuánto tiempo les lleva y miremos más allá de la prenda, ver todo el valor histórico, como el que ellos hayan aprendido a hacer la cadenilla implica que generaciones atrás tuvieron que haber aprendido y enseñado; y que sea considerado un arte también, más allá de la artesanía”.