Mohamed Alí: "Soy el más grande"
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Mohamed Alí: “Soy el más grande”

La lucha por los derechos civiles de la comunidad negra en E.U. tuvo en algunos deportistas, líderes civiles y mujeres a sus principales adalides.

Mohamed Alí: “Soy el más grande” | El Imparcial de Oaxaca

Fue algunos años después de que Rosa Parks, una negra costurera como tantas otras, le negara su silla en un autobús a un sujeto blanco sin nombre, cuando los ultrapoderosos blancos de la prensa decidieron cerrarle sus micrófonos, páginas y canales a otro negro que estaba armando ya demasiado lío: Cassius Marcelus Clay. La anécdota de Parks, nimia en un comienzo, acabó por generar una protesta masiva contra el sistema de transportes en la ciudad Montgomery, Alabama.

Era el año de 1955. Hasta entonces, ningún negro, por lo menos que se supiera, había sido capaz de desafiar a un blanco en público. Rosa Parker lo hizo, sencillamente, “porque estaba cansada del maltrato”, como lo explicaría tiempo después. “Ni siquiera tenía certeza de que sobreviviría aquel día. El joven blanco que estaba de pie no había pedido el asiento.

Fue el conductor quien decidió crear un problema. Yo estaba sentada donde se suponía que debía hacerlo. El conductor exigió a cuatro personas negras que se pararan por una persona blanca que no había pedido un asiento. “Simplemente sentí que no podía permitirme seguir siendo maltratada de esa manera”.

Hubo una protesta masiva. Cientos de miles de negros se movilizaron, primero, para crear la Montgomery Improvement Association, que defendería los derechos civiles de las minorías, y cuyo presidente fue Martin Luther King. Después la asociación organizó un boicoteo contra los buses de Montgomery. Durante 382 días los negros marcharon, reclamaron y exigieron, hasta que el gobierno se vio obligado a abolir la segregación en los transportes públicos. No obstante, para los descendientes de los esclavos aún eran prohibidas las piscinas públicas, los bares, algunos restaurantes, las escuelas.

Entonces surgió un tal Clay que acababa de ganar una medalla de oro en el boxeo de la Olimpíada de Roma, 1960. A su manera, quería copiar a Jacquie Robinson, quien en 1947 se había convertido en el primer beisbolista negro en jugar en las Grandes Ligas, pese a todo y a casi todos. El primer gesto del Clay rebelde fue botar su presea al Río Hudson. Después no pararía de hablar, pero como escribió Norman Mailer, “Cassius Clay es el mayor ego de Norteamérica. Y también es la más veloz personificación de la inteligencia humana hasta el momento habida entre nosotros: es el mismísimo espíritu del siglo XX, es el príncipe del hombre masa y los masivos medios de comunicación”.

Esos medios, y las altas esferas del poder blanco, se reunieron a mediados de los 60 para tratar el tema Clay, quien estaba a punto de comenzar a llamarse Mohamed Alí, en parte por religión, en parte porque su nombre original había sido una imposición del dueño de su abuelo. Intentaron silenciarlo. Fue imposible. Clay, como solía repetir, era “el más grande”, y aunque lo obligaran a hablar sólo de boxeo, él decía lo que se le venía en gana.

El 28 de abril de 1964, Clay venció a Sonny Liston –un rey de los bajos fondos– en seis asaltos. Fue campeón del mundo de los pesos pesados. Un año más tarde comenzó la persecución: en mayo del 65, la comisión de boxeo le quitó el título por primera vez, acusándolo de haber combatido ante Liston sin la debida autorización. Clay, sin embargo, lo reconquistó el 6 de febrero de 1967 ante un blanco grandote y torpe llamado Ernie Terrel, a quien habían puesto de campeón porque sí. El honor apenas duró dos meses. El 28 de abril, los comisionados le retiraron su licencia de boxeador y lo despojaron nuevamente del título mundial por negarse a ingresar al ejército norteamericano que iba a destinarlo a Vietnam.

Clay gritó entonces que “ningún vietnamita lo había llamado nigger”, que “con los impuestos que pago por cada pelea, un soldado norteamericano vive un mes matando gente en Vietnam. Con lo que pago en un año es posible construir bombas como para quemar una aldea. Con todo esto, ya soy culpable. ¿Tengo además que matar con mi propia mano?”.

Se declaró objetor de conciencia, confesó que era miembro de los Black Muslims (nación del Islam), que parte de su fuerza la había sacado de sus asiduas conversaciones con el líder Malcolm X, asesinado de siete balazos por esos días en Nueva York. X también se había cambiado de nombre, pues quien lo bautizó como Malcolm Little en mayo del 25 había sido otro blanco “traficante de esclavos”. Se había vuelto musulmán, y por donde iba dejaba un reguero de protestas por la segregación. Era necesario aniquilarlo y lo aniquilaron. ¿Culpables? Ninguno. ¿Sospechosos? Todos, incluidos sus “hermanos” de la Nación del Islam.

La gran prensa tildó a Clay de payaso, monigote y demás. No convenía que un hombre que se había ganado el derecho a los micrófonos por ser insuperable en los rings, dijera sus verdades. El Tribunal Federal del Distrito Sur del Estado de Texas lo declaró entonces culpable de haberse negado a prestar el servicio militar. Lo condenó a cinco años de prisión y lo multó a pagar 10 mil dólares.

Clay, que ya era oficialmente Alí, eludió la cárcel a fuerza de apelaciones. Igual, dijo que “los negros estamos presos hace cuatrocientos años. Por eso no pueden llevarme a un lugar en el que ya estoy”. Con el tiempo, Alí fue dos veces más campeón del mundo. Sólo se calló porque el mal de Parkinson lo inundó. Como Rosa Parks, como Malcolm X, Luther King y Jackie Robinson, terminó por convertirse en leyenda, muy a pesar de los blancos.

 

 

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