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Policiaca

Exterminaba a "la basura viviente de la ciudad”

"El Mataindigentes" los asesinaba para cumplir con su labor de “Ángel Exterminador”
por Agencias

Para enero de 1989 no existían albergues públicos para cubrir a los indigentes del frío. La crisis económica del país causó un gran número de mendigos, niños de la calle y personas sin hogar que vagaban por las calles de Guadalajara, la segunda ciudad más grande del país.

Había un hombre que despreciaba esa panorámica, despreciaba profundamente a los indigentes, le molestaba que lo tocaran, pidieran dinero, le exhibieran llagas, los dientes podridos, la ropa astrosa, su suciedad y el insoportable olor. “La basura viviente de la urbe”. Detestaba la actitud de descarada exigencia.

A el hombre le gustaban las armas y poseía una en especial que eligió para su labor, para realizar su trabajo de “Ángel Exterminador” el salvador que liberaría a las calles de Guadalajara de la escoria.

El asesino se vistió con ropa negra, una gabardina y su bastón, pues cojeaba. La elegida fue una pistola calibre 7.65 de origen italiano, había dejado de fabricarse años atrás y las balas eran producidas únicamente por Remington y Winchester. Subió a un Volkswagen sedán, y así, comenzó su misión.

Según Escrito con Sangre, su primera víctima dormía en la banqueta, acurrucado a causa del frío. El asesino le disparó una sola vez atravesando la cabeza al indigente, de alrededor de sesenta años. Dejó como firma el casquillo de la bala en el suelo. Al ser encontrado el cuerpo, no se le dio mayor importancia, por ser un pordiosero.

El segundo apareció en otra banqueta, con el escenario similar. La policía prestó mayor atención, se trataba del mismo calibre y era un arma de colección. Pero rastrearla sería díficil ya que no se destinarían recursos a una investigación por ciudadanos de quinta clase.

Asesinaba a un indigente cada dos semanas, aproximadamente. La prensa desató la tensión: un asesino en serie asolaba Guadalajara, quien recibió el nombre de “El Mataindigentes”.

Se trataba de un tirador profesional, un policía o un militar, daba tiros certeros. El sexto disparo sucedió a plena luz del día y en una de las calles más transitadas de la ciudad. Testigos vieron un Volkswagen color azul que se alejaba, otorgaron la descripción de la vestimenta del hombre, pero nadie vió su rostro.

Rápidamente su sed de sangre creció, en una semana asesinó a tres indigentes más. Todos los medios de comunicación hacían sus propias conjeturas. No existían pistas reales.

La novena víctima era un criminal célebre en el país, Vicente Hernández Alexandre, alias “El Raffles Mexicano”, un ladrón de guante blanco, hombre de estatus que se dedicaba a la alta estafa y a despojar de sus bienes a los ricos y famosos. Hablaba varios idiomas, conocedor del mundo y fotógrafo. Era un mito viviente, admirado por muchos. Sus “trabajos” eran limpios, sin violencia y sin dejar huellas. Una de sus reglas era jamás lastimar a nadie, sus delitos nunca cobraron una vida.

Al salir de la cárcel, fue envejeciendo solo, hasta quedar en la miseria; solo le quedaban los viejos recortes de prensa que hablaban de sus hazañas.

El ocho de marzo de 1989, “El Raffles” dormía en un callejón cuando fue ejecutado como los demás, sin conocer su identidad el asesino. La prensa exigió el esclarecimiento del caso.

Quince días después, se le atribuyó otro crimen al “Mataindigentes”, del que no era culpable, pero aumentó el pánico en la ciudadanía.

Se efectuaron arrestos en falso e indagaron en hoteles de mala muerte. En uno de ellos, un empleado dio pistas sobre un hombre que poseía un Volkswagen azul y se quedaba allí.

“Era un tipo extraño, en una ocasión lo sorprendí escuchando en la radio las noticias sobre ‘El Mataindigentes’. Parecía que le causaban mucha gracia, porque estaba risa y risa. Tenía mal una pierna, no caminaba bien”.

Siete días después, dieron con el hombre de la descripción: Osvaldo Ramírez, de 39 años de edad.

Osvaldo confesó haber asesinado a su amante, un homosexual que deseaba separarse de él, solamente. La policía declaró que habían capturado al asesino y la prensa dio la noticia. La ciudadanía aceptó el hecho.