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Dialoguemos, conciliemos

 

Los problemas de colindancia entre las comunidades indígenas y rurales traen como consecuencia una serie de problemas entre los habitantes. Además del clima de inseguridad y zozobra que generan, han llegado a paralizar las actividades productivas de los pobladores, pero aún más grave a afectar la educación de los niños y jóvenes o la atención a los enfermos que difícilmente pueden ser transportados a los centros de salud u hospitales.
No es lo mismo vivir y trabajar bajo un ambiente de paz y tranquilidad que en situaciones de riesgo permanentes. La existencia de más de 350 conflictos agrarios en la entidad oaxaqueña, muchos de ellos plenamente identificados por el gobierno, nos hace pensar que hay todavía un largo trecho por avanzar en el tema del diálogo y la conciliación.
Cada una de las partes argumenta tener bases y títulos primordiales para pelear por la propiedad y eso hace interminable un proceso de conciliación que de por sí lleva años y parece no tener fin, máxime cuando hay detrás de las comunidades líderes de organizaciones políticas y sociales o partidistas, locales o externos, quienes buscan satisfacer otros intereses y les conviene que no se resuelvan los problemas.
Otro ingrediente que ha agravado también la relación intercomunitaria es la distribución oportuna y en proporción justa de las participaciones municipales a que tienen derecho todos los pueblos. La concentración de esos recursos en las cabeceras municipales y la forma irregular con la que llega a las agencias municipales y de policía es causa de muchas inconformidades, como también la intromisión directa e indirecta de las empresas y sus gestores de obras. Los agentes munucipales han manifestado abiertamente su malestar en distintos foros exigiendo incluso la entrega directa de esos apoyos, de acuerdo con la ley, sin ningún intermediario.
La narración dramática de algunos trabajadores de la educación y de otros servidores públicos adscritos a poblaciones que viven en conflictos de diversa índole o transitan por esos lugares refleja la gravedad de la problemática que está latente en las diferentes regiones de la entidad oaxaqueña, donde las autoridades federales y estatales, municipales y comunales, en sus diferentes facultades y competencias, deben sumar voluntades y acciones concretas para superarla.
Hace unos días una educadora me contaba de los momentos y días de zozobra que vivieron ella y sus compañeras en una comunidad indígena en conflicto. En la planta de maestros no había ningún varón, sino puras mujeres. Los avisos de alerta por parte de las autoridades del pueblo se daban en cualquier instante, de día y de noche, estando en sus habitaciones o en las aulas. Había que estar muy pendientes de cualquier aviso para protegerse de inmediato.
La profesora que fungía como directora de la escuela primaria y sus compañeras tenían que velar por la seguridad de las niñas y niños, estaban bajo su responsabilidad; estar en constante comunicación con los padres de familia y las autoridades locales para tomar cualquier medida de emergencia. Esta escena constante la viven los trabajadores del gobierno y los mismos habitantes que no ven la hora de que se solucionen los problemas. Los trabajadores del gobierno han tenido que suspender sus actividades como medida de prevención, pero afectando a los beneficiarios de sus servicios.
Las diferentes instancias del gobierno tienen seguramente un diagnóstico claro y preciso sobre la cantidad y gravedad de los conflictos agrarios, políticos y sociales que hay en el estado de Oaxaca. Se ha avanzado en algunos y están detenidos en otros. Los de alto riesgo requieren con urgencia de una atención especial y que se dispongan de los recursos humanos y materiales necesarios para solucionarlos.
Este senderista confía en la capacidad de las autoridades comunales y municipales para dirimir las diferencias temporales. Muchas de ellas lo han demostrado en los hechos. Antaño vivieron en constantes pleitos en que hubo lamentablemente pérdida de vidas humanas y daños materiales. Se ofendieron los pueblos y habitantes de una misma etnia, con los mismos problemas de pobreza y marginación, con los mismos anhelos de progreso y desarrollo. Ahora conviven en armonía y se apoyan mutuamente para vencer sus rezagos.
En las confrontaciones todos perdemos y en la reconciliación ganamos todos. No debería haber problemas entre vecinos y comunidades, sino una amplia solidaridad y voluntad para ayudarse entre todos. En México y Oaxaca lo tenemos todo para vencer nuestras adversidades.