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Editorial

Medidas cautelares: ¿Hasta cuándo?

 

Suman casi diez años que un grupo de indígenas de la etnia triqui, que se asumieron desplazados por el nivel de violencia que se acuñó en Copala, Juxtlahuaca, solicitaron las llamadas medidas cautelares para recibir protección del gobierno federal y su contraparte estatal. Dichas garantías les fueron otorgadas por la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos (CIDH). Sin embargo, de todos aquellos que recibieron dichas medidas sólo unos cuantos siguen viviendo de la dádiva que les otorga el gobierno estatal y aún desafiando de manera permanente al Estado que los alimenta y protege. Bajo esa coraza, los triquis de al menos dos o tres grupos se han apropiado prácticamente de los pasillos del palacio de gobierno, en donde instalaron un tianguis de ropa y artesanías, utilizado de manera simultánea, como cocina, dormitorio, mingitorio y otros. El espectáculo que dan al turismo y a los propios oaxaqueños es deprimente. El Centro Histórico es prácticamente de su propiedad, algo que nadie les puede discutir. Cualquier intento de desalojo es considerado un agravio. Con el arribo de los festejos patrios, el gobierno estatal tiene que pagarles para que desalojen los días de “El Grito” y el desfile.
Esta etnia se ha acostumbrado al chantaje y la violencia. Una de sus representantes cauteladas es Lorena Merino, una indígena beligerante que lo mismo manotea en las mesas de los funcionarios que agrede a la Policía Estatal o se enfrenta a golpes con otros comerciantes en la vía pública. Se sabe que el gobierno estatal le entrega cierta cantidad de dinero mensualmente, además de pagar renta en algunos espacios en donde viven e insumos para su manutención. Sin embargo, la respuesta es siempre la misma: son intocables porque cuentan con medidas cautelares. La pregunta es: ¿Hasta cuándo habremos de tolerar a indígenas beligerantes, facciosos y violentos, que arropados por las citadas medidas, se asumen dueños de espacios públicos y crean escenarios de violencia e ingobernabilidad? El gobierno estatal tiene los elementos suficientes y necesarios para rebatir ante los órganos jurisdiccionales competentes las referidas medidas cautelares y mostrar, con los instrumentos de juicio, la inviabilidad de seguir manteniendo a estos supuestos desplazados y farsantes. No hay que olvidar que en Oaxaca, a diferencia de otros escenarios, no se puede hablar en sentido estricto de poblaciones desplazadas. Ello es una ficción

 

Los Símbolos Patrios

Se ha convertido prácticamente en una institución, realizar las ceremonias de izamiento y arrío de bandera, en el marco del mes de septiembre, también conocido como Mes de la Patria. Al alimón de dependencias federales y estatales, participan asimismo organizaciones de la sociedad civil, clubes de servicios, empresas privadas y otros, con un solo objetivo: promover el respeto y reconocimiento a nuestros símbolos patrios, hoy tan olvidados por las nuevas generaciones y modelos extrenos. Las ceremonias iniciaron el pasado día primero y se mantendrán hasta el fin de mes. El nivel de soslayo a nuestros valores nacionales ha llegado a tal grado que incluso las calles, que antes lucían con banderitas y motivos septembrinos, hoy lucen sobrias y sin lucir los colores patrios. Hace algunos años se difundían spots de radio y televisión y hasta se motivaba al ciudadano común a adornar las fachadas de sus casas, sus ventanas o vehículos, con banderitas, rehiletes, sombreritos, etc., con la sana intención de promover el respeto y veneración por los símbolos nacionales. Y el olvido y apatía subyacen en el mismo gobierno estatal. Llegó el día primero de septiembre sin que los balcones de palacio de gobierno lucieran como es propio de estas fechas.
En Oaxaca, en mucho ha contribuido a ese abandono de nuestros valores patrios, el fanatismo y la pésima educación que han impartido los mentores de la Sección 22. Hay que recordar que fue escándalo nacional una escuela en la comunidad de San Lucas Quiaviní, Tlacolula, en donde los maestros enseñaban cantos y consignas de la revolución socialista y no los símbolos nacionales. He ahí el por qué en esta tribuna editorial y desde hace mucho tiempo, hemos insistido en fortalecer la enseñanza del civismo, de la historia patria y desechar todos aquellos valores que nos son ajenos. Ello no implica hacer a un lado la historia mundial o la existencia de personajes y hechos que han forjado un hito en el devenir histórico del Europa, Estados Unidos u otros países o continentes. Hay ahí también valores, pero no podemos sustituir con nada lo que es nuestro. Los héroes nacionales, los íconos de la Independencia, La Reforma, La Revolución, etc. La base pues, debe ser nuestra historia patria y ninguna más. En este mundo global no podemos soslayar el estudio de otros hechos que han forjado parte de la historia del mundo, pero el eje, la raíz –como sugirió una vez José Martí- es la historia de nuestros pueblos.