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Opinión

Editorial

Al rescate del Centro Histórico

 

Entre los oaxaqueños y tal como se difunde en las redes sociales, cada día crece más la indignación respecto al estado que guarda nuestro Centro Histórico. Llama la atención y ha generado molestia la manera tan superficial en la que las autoridades han visto esa invasión que han sufrido los espacios comunes, que algún día fueron sitio de esparcimiento de las familias oaxaqueñas. Si bien es cierto que el argumento de los comerciantes en la vía pública es que se trata de una forma legal de ganarse el pan de cada día, también es cierto que es ilegal y contra derecho apropiarse de los pasos peatonales y de los espacios comunes, que no son propiedad ni de dirigentes ni de quienes los regentean. Lo grave es que el problema ha ido creciendo cada vez más, mientras gobierno estatal y municipal se echan la bolita entre sí. Ninguno le entra al toro por los cuernos. Mucho menos aplicar la ley, que es el instrumento con el que se tiene que resolver, empezando por llamar a cuentas a dirigentes de organizaciones, líderes de transporte y hasta mañosos que tienen ahí metidas las manos, porque ha sido la forma superficial como se ha visto el problema del ambulantaje, lo que ha hecho que hoy sea una Hidra de Lerna.

Uno de los temas a los que hay que entrarle es al desalojo de los triquis, supuestos cautelados, que han convertido los pasillos del palacio de gobierno en hotel de paso y tianguis. Nadie se atreve a moverlos, pues temen la respuesta violenta de Reyna Martínez o Lorena Merino. Sin embargo, las llamadas medidas cautelares, que a unos cuantos les otorgó la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, no les otorga impunidad para estar al filo de la ley. Exige al Estado mexicano garantizar su seguridad y ciertas condiciones de vida, no que se les permita invadir espacios públicos. El gobierno estatal puede, con pruebas en la mano, echar para abajo las citadas medidas cautelares y no seguir permitiendo esta invasión ilegal. Dan un pésimo espectáculo. Los mismos citadinos dejamos de ir al centro de la ciudad, hoy convertido en una verdadera zahúrda, para evitar la fetidez y el estercolero en que ha terminado. Capítulo aparte representan los indigentes y alcohólicos que perviven en atrios, puertas de iglesias y en el zócalo. Ninguna ley, ni la Defensoría de los Derechos Humanos del Pueblo de Oaxaca (DDHPO), creemos, habrá de hacer recomendaciones si se les tiene que desalojar. Es una infamia que ésta parte del llamado Patrimonio Cultural de la Humanidad, siga como hasta hoy.

Autenticidad en un brete

Existe entre los oaxaqueños una gran inquietud: la negativa tácita a que un evento de gran tradición como son los Lunes del Cerro, devenido Guelaguetza, se conviertan en un vulgar negocio y, sobre todo, que por el éxito que ha alcanzado, se haga una nueva emisión. Es decir, si originalmente eran los dos últimos lunes de julio, la primera presentación y la octava, devino durante el gobierno de Ulises Ruiz, dos presentaciones cada lunes, matutina y vespertina. Ahora resulta que con el argumento de que es todo un éxito comercial, habrá que agregarle otro lunes más. Vale la pena recordar que creado como Homenaje Racial en 1932 y hoy convertido en Guelaguetza, fue en sus orígenes un encuentro entre las regiones, los pueblos y los grupos étnicos de Oaxaca, no un negocio de mercachifles. Tampoco nació para el disfrute exclusivo del turismo nacional o extranjero. Que en efecto es un espectáculo único en su género en el país, de ello no hay duda. Pero ello dista mucho de llevarlo a los terrenos sinuosos del marketing para chotearlo.

Por fortuna, algunos funcionarios como el Secretario de Turismo, Juan Carlos Rivera Castellanos, han dicho que no habrá un Tercer Lunes del Cerro. Una voz cuerda en este mundo de confusiones y protestas. Hay que subrayar que hoy está bajo el fuego de la crítica el llamado Comité de Autenticidad, quien se dice suprimió delegaciones que históricamente han participado en nuestra fiesta máxima: Tehuantepec, Juchitán, San Melchor Betaza y San Antonino Castillo Velasco, entre otras. La crítica de los afectados ha dejado entrever cuestiones de estricto fondo burocrático, que poco o nada tiene que ver con la tradición y el folklore de cada región, municipio o comunidad. He ahí que nada tan peligroso como pretender imponer un criterio y trastocar lo que se ha mantenido al menos por 87 años. Sería absurdo negar que La Guelaguetza atrae por sí misma a miles y miles de espectadores, empero, ello no es argumento para vulnerar su identidad y originalidad, pues aquello que los organizadores deben preservar es que se trata de un encuentro solidario entre los pueblos y comunidades de las regiones y los grupos étnicos que habitan en el estado. La autenticidad no debe estar peleada con la originalidad, aunque debe ponderar entre líneas la vigencia de sus orígenes no lo puramente comercial.