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Opinión

Malos presagios

 

El ambiente en México como que no está para bollos. Hay tensión social. Enojo. Crispación en muchos casos hasta ganas de salir corriendo, pero no, eso sería huir y no es esa la salida a los problemas en los que nos han metido los políticos mexicanos, a todos los mexicanos.

Lo que se ve hoy es ese nuevo esquema de hacer campaña electoral –aunque de forma eufemística se le diga “inter-campaña”–. La guerra misma. Unos a otros se encaran y se acusan. Unos a otros se dicen lindezas y la forma en la que se han enriquecido de forma ‘sospechosa e inexplicable’. Todo ahí.

El problema es que todo esto que es un mundo aparte, ya escala y como que ya se pasa de tueste. Los augurios son funestos si no se pone un ‘hasta aquí’ a esa guerra político-electoral, que no conviene a nadie y en la que los mexicanos de trabajo, de a pie, de a los centavos contados en la bolsa, nada tenemos que ver.

Dos ejemplos de ese panorama funesto en el que se nos murmuran al oído, malos, muy malos presagios.

Apenas el 7 de marzo pasado, el escritor y periodista muy reconocido, Héctor Aguilar Camín, publicó un artículo que, visto en el momento y como está la crispación social, produce terror.

En el artículo “Rumores lúgubres”, el autor dice que escucha por aquí o por allá en México “sobre la posibilidad de que maten a alguno de los candidatos presidenciales”.

“La idea de un homicidio mayor –dice Aguilar Camín—está siempre en el aire en un país donde se mata tanto y donde matar es barato, pues se castiga un porcentaje ínfimo de homicidios.

Y sigue: “No es infrecuente la pregunta: ‘¿Hasta dónde está dispuesto a llegar el gobierno federal para no perder estas elecciones?’ Es frecuente la respuesta: “Hasta donde sea necesario” (…) “Locuras. Pero hay locos”, concluye.

Nada peor que esto en cualquier momento de un país. Nada más temible. Nada más dañino y peligroso para todos. No es así como se hubieran de iniciar tiempos mejores.

La primera Guerra Mundial, por ejemplo, tuvo su detonante el 28 de junio de 1914, en Sarajevo, con el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria.1617

Su verdugo fue Gavrilo Princip, un joven nacionalista serbio. Este suceso desató una crisis diplomática cuando Austria-Hungría dio un ultimátum al Reino de Serbia y se invocaron las distintas alianzas internacionales forjadas a lo largo de las décadas anteriores.

En pocas semanas, todas las grandes potencias europeas estaban en guerra y el conflicto se extendió a muchas otras áreas geográficas.

Luego, el candidato del partido Morena, Andrés Manuel López Obrador, con todo y su primerísimo lugar en las preferencias electorales, al momento, ha dicho, como sin querer, que en esto del procedimiento electoral, mejor cuidarse y “no despertar al tigre”, refiriéndose a que millones de mexicanos que votarán por él estarían dispuestos a salir a la calle y confrontar si se comete fraude electoral en su perjuicio.

Lo viene deslizando a lo largo de las semanas recientes en sus discursos, en sus charlas y siempre que hay forma lo advierte: “No despierten al tigre”… Y más que una forma de advertir peligro puede interpretarse como amenaza. ¿Lo es? ¿No lo es? Debiera aclararlo por su mejor estancia en ese lugar privilegiado en el ánimo de la gran mayoría mexicana.

Durante su ponencia en la 81 Convención Bancaria el jueves 8 de marzo ante los banqueros:
“Tengo dos caminos: a Palacio Nacional o Palenque, Chiapas. Me quiero ir a Palenque, Chiapas, tranquilo. Si las elecciones son limpias y libres, me voy a Palenque tranquilo, pero también si se atreven a hacer un fraude electoral, yo me voy a Palenque y a ver quién va a amarrar al tigre. El que suelte al tigre que lo amarre, yo no voy a estar deteniendo a la gente luego de un fraude electoral” advirtió.

Como quiera que sea, tanto la descripción de murmullos de Aguilar Camín, como la sola posibilidad de despertar al tigre, suenan a guerra social. Y nadie, bajo ninguna circunstancia y de ningún color u origen, la quiere.

El gobierno federal ha sido acusado de estar metiendo las manos en el proceso electoral para favorecer a su candidato, José Antonio Meade Kuribreña. Lo ha dicho Ricardo Anaya, el candidato de la coalición Por México al Frente. Pero no sólo eso.

Está el antecedente de cómo operó el proceso electoral en el Estado de México en favor de su candidato, hasta conseguir ungirlo.

El problema puede tener su origen en esta participación de gobierno en lo electoral. Por tanto, el gobierno federal tiene que sacar las manos de las campañas y de sus resultados el primero de julio de este año.

No hacerlo es, sí, un peligro para la democracia y para la estabilidad social. ¿O es que se tiene el temor de ser perseguido en el siguiente sexenio? ¿Hay razones para ello? ¿No? ¿Entonces por qué tantos temores? Nada puede ocurrir si se contienen esas locuras de las que habla Aguilar Camín. El gobierno de la República tiene la última palabra.