Dios, él sí que tiene "voz de mando" |
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Opinión

Patrulla de Papel

Dios, él sí que tiene “voz de mando”

 

Tengo bien claro que mi carrera profesional y mi vida fueron rescatadas por aquel oficial de sanidad con quien compartí el pabellón en el hospital.
Así inicio la conversación Gutberto Hernández Palacios en noviembre del 2018; frente a él estaba el presidente electo de los Estados Unidos Mexicanos.

– En marzo de 1995 -continuó Gutberto- estaba yo encamado en el Hospital Central Militar. El cuadro clínico que presentaba era reservado: fractura en el cuello de la vértebra cervical (o c1) y fractura de coxis, por lo que me colocaron pesas para inmovilizarme. El accidente que me puso ahí provocó también desprendimiento de retina, lo que causó pérdida de la vista de ese ojo, me instalaron un collarín rígido para inmovilizar la cabeza y evitar perdida del ocular. Lo cierto es que a mí ya poco me importaba todo, sentía que mi carrera militar había terminado y que fuera de ella la vida perdía sentido. La fuerza del medicamento más lo débil de mi moral me habían atrapado y solo esperaba… esperaba saber que me esperaba.

7 de enero de 1995, en algún camino rural entre Ocosingo y Comitán, en Chiapas. El teniente Gutberto Ángel González Palacios iba en el asiento del copiloto del vehículo de Reconocimiento (VEREC), dirigía una columna motorizada que iba tras transgresores, minutos antes esos intentaron emboscar a la sección que él traía al mando. De pronto, el cabo conductor recibió un balazo en la clavícula y perdió el control del VEREC, la unidad motriz quedó a la deriva, el teniente sujetó al chofer y alcanzó a gritar “salten”. Los nueve soldados saltaron pero el teniente y el chofer se precipitaron montaña abajo dentro del vehículo. Siete soldados resultaron con laceraciones, uno con fractura de fémur, el cabo conductor con una herida de bala que entró y salió; el más lastimado fue el oficial de Infantería. Vía terrestre fue llevado al Hospital Regional de Tuxtla Gutiérrez y de ahí, por aire, al Hospital Central Militar en la Ciudad de México.

– General, ¿por qué dice que un oficial de sanidad salvó su carrera, pero sobre todo su vida?, preguntó quién estaba por tomar el timón del país. ¿Fue su enfermero de cabecera?, insistió con sincero interés.

– Fue mucho más que eso, respondió Gutberto, y agregó: literalmente, su voz me trajo de la mano de regreso a la vida. Totalmente inmovilizado y ya con varios días de no comer, pues lo que yo quería era ya dar por terminado todo, una mañana escuché una voz firme pero amable. Antes de comenzar a decir palabra, carraspeó una suerte de carcajada: “¡Ja! Pobre amigo, definitivo que ella no lo va a perdonar, la cadete no lo va a perdonar por muy oficial que él sea”. Yo alcancé a ver con mi ojo sano y vi a un tipo que estaba en la cama al lado mío, tenía la ventana junto a él y el sol desde el cenit lo bañaba de rayos sobre la cara. El tipo (después supe que era un oficial de sanidad) seguía hablando, pues sabía que había jalado la atención de quienes lo escuchábamos y que, por nuestra condición no podíamos ver lo que él veía por esa ventana: “Una bonita cadete de la Escuela de Enfermeras camina rapidito y tras ella, un subteniente; no alcanzo a ver si es de arma o servicio, pero la barra sobre su hombro está muy clara. Caminan entre el recién podado pasto del extenso jardín, claro, no lo van pisando, pero,… ¡ja!, ella le da el cortón y el barra loca, indignado, da la media vuelta más incómoda que ha dado en su corta carrera militar”. Los que lo escuchamos reímos y, con sorpresa, me di cuenta que yo también lo hacía.

– Continúe, le pide el presidente al general.
– A la mañana siguiente el paciente que estaba junto a la ventana comenzó a hablar en cuanto hubo luz de sol, ya todos estábamos despiertos pues el toque de diana de alguna escuela militar próxima al hospital nos había despertado. “Ahí van ellas, formadas por grupos, sus uniformes blancos y sus abrigos azules las hacen ver más que elegantes”, se refería a las cadetes de la Escuela de Enfermeras Militares. “Parecen una gran familia de patos que van al estanque”. Siempre le encontraba algo gracioso. “¡Ja!, la chaparrita de hasta atrás se ve muy curiosa pues intenta llevar el paso de las altas de adelante”. Siempre nos dejaba una sonrisa en los labios. Nos narraba partidos de futbol, nos daba detalles de quien pasaba-, “seguramente esos niños que juegan en el jardín son hijos de enfermeras que no tuvieron con quien dejarlos”- y nos preguntaba a cada uno de los pacientes por nuestros hijos, le respondíamos y así nos pasábamos horas comentando. Las conversaciones concluían cuando él nos comenzaba a comentar como, allá en el cielo, se acomodaban las estrellas: “Ahí está la constelación de Orión, entre el can y el toro”. De cierto, mi salud mejoró, recuperé en semanas la salud de mi ojo y, en otras más, el ortopedista se sentía orgulloso pues el daño en la columna había desaparecido; el médico lo atribuyó a sus sesudos conocimientos, aunque yo ahora sé que fue la voz sanadora del teniente Hugo Elí.

– ¿Qué pasó después?, pregunta (concordancia con el tiempo verbal anterior) el presidente.
– De hecho, la última frase que escuché del oficial de sanidad fue esa en la que nos decía dónde estaba la constelación de Orión. A la mañana siguiente, a todos los que estábamos cerca de él nos hizo mucho ruido su silencio. Hugo murió mientras dormía, sus ojos abiertos quedaron frente a mí aunque sin luz en ellos; una media sonrisa en su rostro hizo las veces de adiós. No sé si estuvo mal; en cuanto mudaron la ropa de la cama del ya difunto yo me apresté a pedir que me cambiaran a esa, la enfermera en jefe respondió positivamente: a mí ya me urgía ver a las “EMES” en sus uniformes blancos y sobre ellos sus pelerinas azules, ansiaba llenar mis ojos del verde de ese jardín, mis ojos ya estaban 100% operativos y la movilidad de mi espalda iba mejorando. La sorpresa que sufrí casi me hizo gritar.

El presidente electo estaba en el borde del sillón, un gesto ordenó al general que hablara ya. Gutberto recuperó el control y dijo:
– Ya acomodado yo en la cama junto a la ventana, inmediatamente busqué, a través de sus cristales, el jardín, las cadetes, los niños…, pero lo que vi fue un gigantesco muro. A metro y medio de la ventana solo había un gigantesco muro que llenaba todo el espacio frente a la ventana, hasta abajo tuberías de todo tipo y arriba un tapanco de lámina acanalada. La enfermera me vio y se dio cuenta que estaba yo al borde del llanto. Le dije, más bien pensé en voz alta: ¿Y el jardín del que todos los días nos habló Hugo Eli? Ella solo me dijo: “El teniente Hugo estaba ciego, lo estuvo desde que fue encamado, llegó con un tumor en la cabeza que resultó maligno y, en lugar de encamarse en su domicilio para esperar la muerte, solicitó ser internado en este hospital, junto a sus hermanos de armas”.

Los dos hombres, el soldado y le político, solo se estrecharon las miradas. El general concluyó diciendo: “Ese es el espíritu de cuerpo o, como decía Napoleón, l’esprit de corps.

Ultimo patrullaje.- En una primera revisión a la Ley de Seguridad Interior encontramos que en ninguno de sus 34 artículos más los 4 transitorios se lee la frase se cederá el poder político y/o administrativo a entes militares. Sí se habla de declaratorias de protección a la Seguridad Interior y ahí será el Ejecutivo federal quien deberá dar seguimiento a una serie de protocolos. Continuaremos pendientes del tema.

Balazo al aire.- El recio tejido del “espíritu de cuerpo”
Greguería.- Que no te espante “un soldado”, asústate cuando TODOS seamos soldados.
Oxímoron.- Paz en la guerra.
Hayku.- No temo al invierno pues tú me regalas todas las primaveras que necesito.