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Quialana, Oaxaca, tierra de migrantes

Cada hogar de esta comunidad ha enviado por lo menos a un integrante a la frontera del norte a buscar fortuna económica, los resultados de la riqueza que los migrantes regresan a sus hogares es visible en el crecimiento de la población.

Cada una de las casas construidas en este municipio conoce los dólares, en cada familia hay al menos una persona que ha migrado, que ha tomado el camino más largo para llegar al trabajo, que se encuentra pasando el río Bravo, tras la línea fronteriza que separa los Estados Unidos Mexicanos de los Estados Unidos de Norteamérica. San Bartolomé Quialana es un municipio donde la conexión con “el norte” es intensa, permanente, donde la marginación se barre con los pies que migran.

Sus calles tienen un orden, limpieza y cuidado que quisieran muchas colonias de Oaxaca de Juárez. La última vez que vino el Inegi, en 2010, contabilizó que el 35 por ciento de las 595 viviendas del municipio recibían remesas de Estados Unidos y que en una de cada tres había una presencia lejana, una ausencia presente, un hombre en la mayoría de los casos. El número que ocupó Quialana después de que se midiera cuántos pobladores habían migrado, cuántas viviendas reciben remesas, el número de personas que habían retornado de otro(s) país(es) fue el dos, es el subcampeón de la categoría de intensidad migratoria, es el segundo municipio, a nivel estatal y nacional, que mayor porcentaje de sus pobladores ha enviado a la “tierra de la libertad”.

“Más de la mitad del pueblo está ahí, hay unos que ya hicieron su vida”, expresa el síndico hacendario, Gildardo Gómez Hernández. “El pueblo así como lo ve ya no está tan atrasado en lo que es la falta de recursos, en pobreza, pero es por las remesas, porque del gobierno no llegan muchos recursos. Lo que hay acá es por ellos que están allá”, agrega.

De 27 años de edad, egresado de ingeniería civil del Tecnológico de Oaxaca, ha comprobado cuán fácil es obtener razones para buscar un trabajo como jardinero o cocinero en Los Ángeles en lugar de tratar de “ejercer tu profesión”. Por su primer empleo en la capital del estado le remuneraban 8 mil pesos, de los cuales gastaba entre 100 y 150 pesos diarios para transportarse y comer. Ir y venir implicaba al menos dos horas cada día. Pese a ello decidió quedarse, empezar su propia consultoría y resistir con ella el viaje al otro lado.

Conoce Estados Unidos, visitó a uno de sus hermanos que vive en Los Ángeles, “estuve un mes ahí y nunca lo vi, entraba a las nueve de la mañana y salía a una de la mañana, las condiciones en las que ellos están no son las mejores, están ahí por dinero, a la mayoría no les gusta, trabajar ahí es trabajar en un país que los explota demasiado”.

Los costos de cruzar

Migrar además implica un gasto muy alto. Si hace 10 años los pobladores de Quialana pagaban 2 mil dólares para que un coyote hiciera el viaje, hoy el precio es de hasta 15 mil, unos 280 mil pesos aproximadamente, dependiendo el humor con el que amanezca el dólar. Quien decide irse ya no puede irse uno o dos años, deben irse seis o siete.

El campo que en este municipio ubicado en los extensos Valles de Tlacolula, bajo la mirada del cerro El Picacho, les enseñó a tratar con la materia prima de la que se encargan en Estados Unidos. Aquí cortaban la yerba con machete antes de sembrar el maíz, frijol o garbanzo para el autoconsumo, ahí, con podadoras y cortadoras automáticas podan césped.

Anaheim es la segunda ciudad del mundo donde residen más pobladores de Quialana. La ciudad que toma su nombre del río Ana y del vocablo alemán heim, casa, es el nombre que más repiten los habitantes cuando les preguntan a dónde se fueron sus familiares. Es la décima ciudad más poblada de California, alberga el centro de atracciones de realidad virtual más avanzado del mundo, el Star wars secretos del Imperio, en el Distrito Disney de Anaheim, y también a miles de mexicanos indocumentados que se dedican a la jardinería, muchos de ellos que no han vuelto durante años.

Uno de ellos, el hermano de la regidora de Ecología, Ofelia Hernández Antonio, se casó ahí, enviudó ahí, no ha vuelto desde hace 24 años. “No sé si venga o ya no”, expresa.

Tampoco ha vuelto desde hace 12 años el esposo de doña Gloria Morales, que trabaja en la cocina en un restaurante de Los Ángeles. “Iba a venir pero ya están pasando más caro, cuando mi esposo se fue pagó 2 mil dólares, mi hijo pagó 15 mil”.

Hace ocho meses se fue a acompañarlo uno de sus tres hijos, el mayor, de 21 años, que estudió el primer año del bachillerato. El plan a corto plazo es el relevo, que el padre vuelva y el hijo continúe la herencia de trabajar para cobrar en dólares.

-¿Trabajando aquí usted habría podido conseguir el dinero para construir su casa?

-No, aquí es muy difícil.

Escapar de la migración

¿Hay formas de escapar de la migración?, Sí, algunas fuertes, vivas como los ropajes de tool y organdí que visten las mujeres de Quialana. Su traje tradicional viste las calles, son detonaciones constantes de un multicolor brillante.

Leticia Hernández es una de las cinco mujeres que trabajan en el taller La Esperanza, donde se cose buena parte de las blusas, vestidos y pañoletas que portan las mujeres del municipio, incluso las que han ido a vivir a Estados Unidos.

En temporada baja el taller vende unas 40 prendas, entre 250 y 350 pesos cada una, dependiendo del detalle de la tela. Durante las fiestas, en agosto, cuando se celebra a San Bartolomé, las ganancias son mucho más altas.

El dinero, asegura, alcanza para mantener a su familia, a su madre, con quien vive, pero no para construir una casa, para comprar un carro.

“Yo no he tenido necesidad, pero sí hay mucha gente a la que le cuesta trabajo tener un negocio. El dinero que ganamos aquí no es suficiente, para tener una familia sí, pero para otras cosas no, para una casa, para un carro no, eso no lo vamos a tener estando acá”, expresa.

También Jorge ha encontrado otra forma de escapar momentáneamente de la migración. Es albañil y su trabajo es incesante. En un lugar con una llegada constante de dólares, las palas, picos, las varillas, las mallas para el colado son elementos de primera necesidad. Gana entre 220 y 250 pesos al día y siembra además maíz, garbanzo y frijol, su producción, entre dinero y especie, supera a la de muchos profesionistas de “las grandes ciudades” y, además, le gusta su trabajo.

“¿Qué otra cosa hay que hacer?”, pregunta.

Aquí, el sueño de un joven, de un niño es irse a Estados Unidos, a los 14, 15 años, todos viven para eso, estudian hasta la primaria, mucho secundaria y se van, ahorita se están empezando a ir mujeres”. Gildardo Gómez Hernández. Regidor de Hacienda, San Bartolomé Quialana.

Los pobladores de Quialana han aprendido también que el viajar a Estados Unidos posibilitó la construcción de un patrimonio, que el trabajo de décadas levantó los muros, los cuartos, colocó techos y bardas, pintura y chapas, pero de regreso, la lucha por conseguir alimento, por el sustento diario continúa.

Así es para don Carlos Gómez, de 57 años. Su tierra es chica y el agua es poca, la siembra de maíz y frijol le ayuda al sustento de parte del año. En su juventud, en los años 70 y 80, cruzó cada año la frontera sin ningún obstáculo. Fue a Oregón, a Washington, a California, cosechó lo campos de moras, manzanas, peras, tomate, chile, ganaba bien, trabajaba seis o siete meses y volvía. Levantó su casa y hoy sigue buscando cómo llevar el pan.

De los programas de asistencia no hay nada. Cada cinco o seis meses dos de sus tres hijos le mandan 100 dólares. Busca también trabajo como chalán de albañilería para ganar un poco más.

 

 

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