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Mancha urbana devora los cerros de Oaxaca

Los que anteriormente eran cerros repletos de árboles se han convertido en peligrosos asentamientos con atropelladas calles y servicios insuficientes, algunas colonias tienen más de una década de existencia y otras son de reciente creación. Hoy las viviendas llegan "hasta la punta del cerro"

Oaxaca de Juárez, Oaxaca

40 mil pesos, 10 por 20, 200 metros cuadrados, así continúa la ocupación, legal e ilegal de los cerros de la Verde Antequera, cada vez menos verde y más saturada. Las cifras del INEGI muestran que en la población de la ciudad de Oaxaca hubo un incremento porcentual mínimo, de 0.33 puntos porcentuales entre 2010 y 2015 y las imágenes muestran que esto se debe quizá a que el espacio disponible para habitar es mínimo.

El lugar donde está colocada la Cruz Blanca permite observar cómo la “mancha urbana” es el equivalente al horizonte en la capital del estado. Las zonas en donde un metro cuadrado vale entre 225 y mil pesos están saturadas. Se observan algunas zonas verdes aún en el área en la que el precio por un metro cuadrado va de los 2 mil 500 a los 3 mil pesos. Desde este punto se observa también cómo a uno de los cerros más emblemáticos de la ciudad, el del Fortín, le quedan apenas unos metros vacíos.

Son decenas de colonias las que se han montado sobre los cerros, unas más recientes, otras con más de una década desde su creación: Microondas, Santo Tomás, Heladio López, Cuauhtémoc, la Mojonera, la Segunda Sección del Ejido Guadalupe Victoria, las cuales tienen como puntos comunes la falta de servicios básicos y la complejidad en el tránsito de sus calles.

Viven el “sueño oaxaqueño”

Gran parte de sus pobladores han quedado atrapados en una reducción del “sueño americano”, el “sueño” o el “engaño oaxaqueño”, la idea de que en la ciudad habría mejores oportunidades, de que es más fácil vivir en el municipio 566 de la lista de marginación estatal, que en el 319 (San José Chiltepec), en el 88 (San Pedro Quiatoni) o en el 2 (Santiago Amoltepec). Que aquí habrá más oportunidades.

“Nosotros no queríamos vivir en la ciudad pero aquí estamos”, cuenta Gumesindo Velasco, de 71 años, habitante desde hace 12 años de la colonia San Jacinto Sección 6 de la agencia de Santa Rosa Panzacola.

El terreno donde construyó la casa que “le cuida”, junto con su esposa, a uno de sus hijos que vive en Estados Unidos lo compró en 40 mil pesos. En la planta baja ha colocado una miscelánea a la que bautizó con el nombre más oportuno que encontró, El Mirador. Desde afuera de su vivienda se observan la tercera, cuarta y quinta sección de esta colonia, también se ven otros cerros, como éste, repletos de viviendas hasta la punta.

La antigua Villa de Antequera le cumplió a don Gumesindo la promesa de darle trabajo a cambio de dejar el campo de Cuicatlán, donde sembraba maíz, frijol y café. Tras años de vender productos de limpieza hoy se dedica únicamente a atender su tienda y acompañar a su nieto, quien instaló un negocio de renta de computadoras e internet en otro local al lado del suyo. Telmex ha llegado a esta zona más rápido que el servicio de drenaje y también le ayuda a su familia a obtener algunos ingresos. No sabe qué responder cuando se le pregunta si regresará a su pueblo. Sólo sabe que lo hará, con seguridad, cuando muera.

Unas calles más abajo vive Jesús Márquez, un hombre sonriente que nació y vivió en Veracruz sus primeros seis años, pero desde hace 26 años habita esta parte de la ciudad. La suya fue una de las primeras familias que pobló la Sexta Sección, había entonces, tres o cuatro vecinos y hoy queda poco espacio que habitar.

Trabaja como repartidor de una farmacia en donde gana mil 800 pesos quincenales, pero hubo un tiempo en que obtenía eso o hasta el doble en una semana, cuando era empleado de una inmobiliaria que canceló diversos proyectos a partir del conflicto de 2006. Ganaba 2 mil, 3 mil o hasta 4 mil pesos por semana, pero eso se acabó.

“Los maestros aquí no pueden pedir respeto porque no dan respeto”, expresa.

Incluso subir en su motocicleta por la calle sin pavimentar que conduce a su domicilio es complicado. ¿Cómo lo hace?

-Pues como pueda, porque está de la chingada -responde.

Además del difícil acceso, enlista los bloqueos que se generan -en el crucero de Santa Rosa, frente a la sede del PRI o el Tecnológico- como los principales males de vivir en esta zona. Los servicios en su casa, donde vive con su esposa y sus dos hijas, los tiene casi todos, excepto el drenaje, que está “ahí cerquita”, dice mientras señala un tramo de aproximadamente 30 metros, “ya casi llega después de 26 años”, agrega.

En esta zona hay letreros esporádicos de obras del gobierno, un par de muros de contención construidos en el periodo 2011-2013 en los que se erogaron 717 mil y 956 mil pesos, respectivamente, recursos que no obstante se pierden en la pequeña selva urbana en la que se han constituido los cerros de la ciudad de Oaxaca.

La casa, en obra negra de la señora Marcelina, colinda con otra de esas obras, más de medio centenar de escalones que le facilitan subir el cerro. Ella llegó aquí con sus seis hijos porque le vendió un terreno una señora para la que trabajaba limpiando su casa. Aquí pudo comprar y ahí ha empezado a construir, también en un lote de 10 por 20 aproximadamente.

El fenómeno del por qué estas personas están aquí es elemental, lo explica el especialista experto en urbanización de la fundación I+E Ciudad Emergente, con sede en Santiago de Chile, Pablo Soriano: las grandes ciudades, incluso la de Oaxaca, “son lugares de atracción muy grandes, son muy engañosos, a nivel numérico, pero en la calidad de vida son muy cuestionables, es también resultado del centralismo del modelo neoliberal, por ejemplo, el DF (sic.), qué va a pasar con alguien de Oaxaca, de Chihuahua, de Acapulco, va a percibir que el sueldo podría llegar a ser de 10 mil pesos y que en su ciudad es de 7 mil, entiende que ganando más dinero va a tener más oportunidades, que el modelo de bienestar está en hacer dinero y eso produce la migración en las grandes ciudades, pero a altos costos, de marginación, de calidad de vida”.

Al engaño se suma el fenómeno de cómo se generan presupuestos en las grandes ciudades que están orientados a generar grandes ganancias para el capital privado y poco preocupados en desarrollar obra pública que incida en un mayor bienestar para zonas sobresaturadas poblacionalmente como la Sexta Sección de San Jacinto.

“En los países con mayor índice de liberalismo de pronto no es el Estado el que interviene en la obra pública, sino los grandes grupos económicos”, agrega.

También hay beneficios

La señora Marilú vive en la colonia Bicentenario. Todo el trayecto desde el Hospital del ISSSTE -uno de los puntos de referencia más fuertes para ubicar su vivienda- hasta su residencia está pavimentado. A diferencia de muchos de los habitantes de esta zona, vivir aquí fue para ella una elección. Este punto, colindante con la colonia Microondas, le permitió alejarse de la colonia Reforma, donde vivía a unas calles de la antigua concesionaria de la Volkswagen, un lugar donde silencio era sinónimo de caos.

Cada vez que dejaba de escuchar el transitar de los automóviles significaba que nuevamente estaba bloqueada una vialidad. Además, como vecinos tenía a los dueños de una taquería con dudosos estándares de calidad, “no tenían ratas, tenían ratas del tamaño de conejos”, asegura. Cambiar de residencia, asegura, fue lo mejor.

A su nueva ubicación, en el fraccionamiento Xochimilco, puede llegar desde cuatro puntos distintos de la ciudad. No hay bloqueos en la zona y cuenta con todos los servicios.

A unos metros de su casa se observa un anuncio de “se venden lotes a pagos”. Los precios van de los 35 mil -de contado- a los 45 mil pesos -en dos pagos-, todos de 10 por 20 metros sólo con un acta de posesión, sin servicios. Con escrituras el monto a pagar se eleva hasta los 100 mil pesos. Hay otras opciones, a unos metros otro letrero de “se vende”, son 850 metros cuadrados anunciados a un precio de un millón de pesos, con servicios. A unas cuadras se ofrecen también departamentos -de 2 mil 300 o 3 mil 200 pesos- de una recámara con servicio de energía eléctrica y el agua de un tinaco “garantizado cada semana”. También se renta una casa a 2 mil 200 pesos mensuales, sin servicio de agua y, pese a ello, parece más confortable que la decena de casas de lámina levantadas en esta zona.

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