Juchitán, donde la creencia es más fuerte que la tragedia | Istmo
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Juchitán, donde la creencia es más fuerte que la tragedia

Despiden las ánimas de los fieles difuntos

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Juchitán de Zaragoza, Oaxaca

Para los juchitecos, la creencia es más fuerte que la tragedia que dejó los sismos de septiembre y es por ello que desde el 31 de octubre recibieron las ánimas de sus fieles difuntos entre escombros, bajo lonas, en patios y baldíos donde estuvieron sus casas derrumbadas por el terremoto.

Juchitán en el Istmo de Tehuantepec, es el único lugar de México donde los días de muertos se celebran el 30 y 31 de octubre, pero es el 3 de noviembre cuando despiden las ánimas para que vuelvan a su descanso tras convivir con los vivos.
Se le conoce como Xandu’ y es una costumbre de los indígenas zapotecas que indica que, durante esto días, las ánimas de sus familiares difuntos vinieron a visitarlos.

“Esta conmemoración se hace en las casas del ser fallecido y no se hace en el panteón como acostumbran otras culturas, aquí por eso ahorita estamos viendo que debido al terremoto del 7 de septiembre, muchas casas de Juchitán se colapsaron y como se tiene que seguir con la tradición se tuvo que improvisar”, dijo Tomás Chiñas Santiago, cronista de Juchitán.
Pero esta vez todo fue diferente y los espíritus de los difuntos encontraron un Juchitán muy distinto al que ellos vieron, porque no hay calle de esta ciudad donde no haya restos de escombros, casas derrumbadas o terrenos deshabitados por el terremoto del 7 de septiembre.

Y como la creencia es más fuerte que la desolación que dejó el sismo, los vivos creen que a pesar de que a sus muertos se les complicó “llegar” a sus casas, acudieron puntual a este encuentro.

“Aunque no haya casa pero que vinieron aquí, los estamos esperando en el patio, así que dice mi papá aunque sea en el patio, pero estuvimos acá con toda su familia, su abuelita, su tía, de todo lo que estoy diciendo así nos dijo mi papá y mi mamá cuando fuimos al panteón”, señaló Virginia Vásquez.

Un año antes del terremoto, la ofrenda en forma de retablo adornado con frutas, panes, verduras que son sostenidas por vigas de madera o ramas de platanares, era colocada al interior de las casas.

Pero ahora no importó el tamaño o lo nutrido de la ofrenda, lo importante fue cumplir y honrar la memoria de los difuntos que según la creencia cada año regresan para estar con sus familiares unos días aunque sea debajo de techos de lona o de láminas.
La creencia indica que las almas de las personas que murieron en el terremoto aún no les toca regresar al mundo de los vivos, y será hasta Semana Santa, el segundo encuentro con sus muertos, cuando ya participen de las ofrendas.

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