El amor en los tiempos de Tinder
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Columna

El amor en los tiempos de Tinder

El Internet abunda en gente como un campo de flores inmarcesibles, pero para que las flores no se mueran, éstas no pueden estar vivas

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¿Y para quienes aún buscan a su amor ideal este 14 de febrero las tecnologías de la información lo han hecho más fácil? Sí. Facebook e Instagram permiten elegir entre miles de usuarios a esa persona que te gusta y enviarle un mensaje. Adiós al azar, adiós a los límites geográficos, adiós a la casualidad. Ves a esa persona, te gusta, le escribes y si le gustas, la historia sigue. Y, si estas herramientas son insuficientes hay un arma más precisa: Tinder.

Una aplicación te presenta las fotografías de las mujeres u hombres a tu alrededor y solo debes tomar una decisión: te gusta o no, like o no like, corazón o equis. No más salir a un café o a un bar para buscar alguien con quien platicar, no más esos interminables rodeos con la persona que te gusta y a la que no sabes cómo hablarle. ¿Has usado Tinder? Fácil ¿No? ¿Se pierde algo?

Charles Bukowski relata en el cuento La mujer más hermosa de la ciudad, una escena esclarecedora: “No creo que hubiese nada especial en nuestra conversación esa noche, era solo el sentimiento que Cass transmitía. Me había elegido y no había más. Ninguna presión. Le gustó la bebida y bebió mucho. No parecía tener edad, pero de todos modos le sirvieron. Quizás hubiese falsificado el carné de identidad, no sé. En fin, lo cierto es que cada vez que volvía del retrete y se sentaba a mi lado yo sentía cierto orgullo. No solo era la mujer más bella de la ciudad, sino también una de las más bellas que yo había visto en mi vida. Le eché el brazo a la cintura y la besé una vez”.

¿Se pierde algo? El encuentro, la casualidad. ¿Cass le hubiera dado like al personaje de Bukowski?

“Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio”. Hay juegos, como estos que escribe Cortázar en Rayuela, que no se pueden jugar desde el celular.

Las historias de Tinder parecen tampoco estar destinadas a brillar, al menos no como en la historia de Lovecraft Unda o La Novia del Mar:

“Brillante fue la aurora de mi juventud cuando la conocí, dulce como la brisa que sopla sobre la hierba. rápido fui capturado en las más sólidas cadenas del amor,era feliz estando aquí, y ella era feliz conmigo.
“Nunca le pregunté por dónde había vagado,nunca me preguntó por mi pasado:felices como niños: no pensamos ni soñamos, sólo disfrutamos de la abundancia de la tierra y el océano”.

El escritor español Juan José Millás lo ha puesto más claro: “en internet no hace ni frío ni calor. No hay clima, no te subes las solapas del abrigo en noviembre ni te quitas los pantis en julio, porque no hay ni noviembres ni julios y a lo mejor no hay abrigos”. A lo mejor no hay abrigos ni frío ni calor ¿ni amor? ¡Feliz 14 de febrero!

 

 

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