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Columna

Viajes fantasticos por el planeta tierra

Todavía a inicios del siglo XX, un gran hombre era un sabio, un científico, un inventor y un profesor, pero si quería ingresar al coto de las leyendas, también debía ser un explorador

Viajes  fantasticos por el planeta tierra | El Imparcial de Oaxaca

Viajes fantásticos dentro del planeta Tierra. Hay viajes que son imposibles, como el que imaginó Julio Verne al centro de la Tierra, hay otros que fueron impensables hace siglos y después se hicieron realidad, como el viaje a la Luna; hay otros que son solo producto de la ficción como el de Narnia, el de Gryffindor o el de la Tierra Media. Hay viajes, sin embargo, a lugares fantásticos que son posibles dentro de este planeta, lugares inhóspitos que han sido logrados por hombres y mujeres que han descubierto el lugar más lejano del mundo, la Antártida, el Polo Sur.

Los primeros viajeros que descubrieron este lugar fueron noruegos comandados por Roald Amundsen que llegaron el 14 de diciembre de 1911; 35 días más tarde, el 17 de enero de 1912 llegaron los británicos, el grupo de Robert Falcon Scott. Noruega y Gran Bretaña, a ningún otro país le habría quedado más lejos este destino y quizá es la lejanía uno de los principales atractivos para recorrer los 12 mil 713,82 kilómetros.

Grandes proezas inspiran grandes proezas. Una de las mayores inspiraciones de Amundsen la recibió de su compatriota Fridtjof Nansen, un hombre incansable inscrito en la historia noruega como un gran humanista, ganador del premio Nobel por su ayuda a los refugiados de la Primera Guerra Mundial, precursor de los estudios modernos de la neurología pero, antes que eso, un gran explorador. Cruzó el campo helado de Groelandia en esquís con temperaturas de -45°, ostentó el récord de su época de haber llegado más al norte del planeta con la latitud 86° longitud 13´ y, además, fue el inventor del Fram, el barco que con una proa igual que la popa y un casco circular conquistó los mares gélidos del Polo Norte y, posteriormente llevó a Amundsen al Sur.

Toni Pou, autor de Donde el día duerme con los ojos abiertos: Un viaje científico al Ártico narra el viaje de Nansen al Polo Norte, al que llevó: una docena de hombres –todos capaces de seguir el mismo ritmo del más fuerte-, una treintena de perros, un generador eléctrico de vapor conectado a una instalación que repartía puntos de luz por todo el barco, “provisiones frescas para mantener a raya el escorbuto y una biblioteca de 600 títulos para mantener a raya el aburrimiento”.

El Fram, continúa el relato, zarpó del puerto de Christiania, la actual Oslo, y fue siguiendo la costa septentrional de Europa hasta llegar a las Islas de Nueva Siberia. Cuando el agua empezó a helarse a su alrededor, “el Fram hizo exactamente lo que su constructor había predicho, escurrirse hacia arriba sin sufrir el menor rasguño. Vagando por el hielo transcurrió el primer invierno”.

Sí, el barco se convirtió en un trineo gigante.

Esta experiencia incendió el ánimo de Amundsen, quien tras ser el primer hombre en recorrer el Paso del Noreste, la ruta que une el océano Atlántico con el Pacífico, decidió buscar un nuevo hito en los viajes de exploración y llegar al punto de la tierra que se encuentra más al sur. La expedición inició el 11 de enero de 1911 pero el asalto final al Polo la realizarían hasta el 19 de octubre con cuatro trineos y 52 perros de raza groenlandesa, el 15 de noviembre alcanzaron la latitud de 85° Sur y el 21 de noviembre llegaron a la meseta polar avanzaron dos grados más para el 4 de diciembre y el día 7, empataron el lugar más lejano al que se había ido hasta entonces, la latitud 88° 23’ Sur, quedando 180 por andar.

El investigador argentino Juan Carlos Luján ha recuperado parte de la historia de esta travesía y relata que para el 25 de enero de 1912 estaban de regreso en la Bahía de las Ballenas del Mar de Ross, “en el confortable refugio costero Framheim; habían transcurrido 94 días desde la fecha de partida (56 de ida y 38 de vuelta), después de una marcha de más de 2 mil 800 kilómetros en que los cinco exploradores habían padecido congelamiento, quemaduras del viento blanco, ceguera por el resplandor de la nieve y agotamiento; volvían triunfantes”. De los 126 perros que llevó Amundsen consigo sólo sobrevivieron 11, pero no perdió a ningún camarada.

Tras su viaje, las palabras de Amundsen describieron su travesía y su vida como un alegre desatino: “No creo que haya existido jamás alguien que se encuentre en un lugar tan diametralmente opuesto a la meta deseada. Los alrededores del Polo Norte me habían atraído desde la infancia, y allí estaba yo, en el Polo Sur… ¿Puede imaginarse mayor desatino?”

 

 

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