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Jaripeo Serrano, tradición extrema

Las fiestas en la región de los Cajonos se mantiene a pesar de su peligrosidad
por Leobardo García

Los pueblos serranos viven una tradición que a lo largo de los años se mantiene y fortalece a pesar del riesgo que se corre, son los jaripeos, los cuales se realizan en las fiestas patronales.

En la región de los Cajonos, en la Sierra Norte de Oaxaca, la monta de los toros se sigue realizando a lo largo y ancho de sus pueblos, que pasaron mucho tiempo aislados de la capital del estado y que hace 15 años se vieron beneficiados con una carretera asfaltada, que ahora los tiene a dos horas en promedio de la Verde Antequera.

Los jaripeos se siguen realizando como parte de las celebraciones en honor a los santos patronos de cada comunidad, desde San Antonio Cuajimoloyas, hasta Villa Alta.

El ganado es en muchas de las ocasiones prestado por diferentes pueblos como Cuajimoloyas, San Pedro, San Miguel, San Mateo Cajonos, además de Yalalag y San Baltazar Betaza.

La comunidad construye el corral. Los topiles se encargan de hacer los hoyos para colocar los troncos, que más tarde se amarran con cuerdas para dejar la estructura apta para contener a los toros, que en muchas ocasiones los ponen a prueba con su casi media tonelada de peso, tratando de quitarse del lomo aquel que osa montarlo.

En esta parte del estado el día de la fiesta es el inició del jaripeo, para ello, hombres vestidos de mujer, con pelucas de colores, conocidos como payasos se hacen acompañar de música de banda, entre el estallido de cohetones y los gritos de felicidad la gente se va acercando.

Atentos a todo, también se encuentran siempre elementos de la policía local y por supuesto una ambulancia, con médico y enfermeras que están a la expectativa ante cualquier contingencia.

Desgraciadamente, en varias ocasiones los accidentes han conducido a la muerte de los valientes que se han atrevido a retar a los sementales.

Esto no ha sido impedimento para que los jaripeos se sigan llevando a cabo y que llaman la atención de los serranos, incluso de los que emigraron al extranjero y que vuelven para reencontrarse con sus familias, aprovechando para apoyar con dólares para la premiación, ya sea para el mejor jinete o al mejor torero.

Esto motiva a jóvenes que dejan el campo para divertirse y tratar de ganar un poco de dinero, sentir la adrenalina correr por su cuerpo, arriesgándose a una lesión o incluso la muerte.

La banda de música no para de tocar, incluso hasta dos se turnan amenizando toda la fiesta brava.

Un día después continúan las celebraciones, al término de ellas, el corral queda solo, las cobijas que sirvieron de capotes para llamar la atención de los toros, quedan tiradas en el piso; habrá otro pueblo que estará de fiesta, hasta donde se trasladaran los toreros y montadores, intentando domar a las bestias que durante algunos días volverán a su vida rutinaria en el agreste terreno serrano.