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Clásico de clásicos

Una nota de La Nación daba cuenta así del fallecimiento del escritor argentino Ricardo Piglia: Muere un clásico contemporáneo de la literatura; en tiempos como los nuestros, ser un clásico, es el honor más grande A la memoria de Piglia y Rulfo
por Colaborador

Juan Pablo Vasconcelos

Sólo la pasión nos conecta con la verdad. Creo haber leído esta frase al querido Ricardo Piglia alguna vez. Quizá nunca se la leí, sino más bien se la escuché a Omar Alejandro Cortés, joven literato oaxaqueño que vivió en Buenos Aires y cuya prueba de estancia son los videos de las conferencias que el clásico Piglia impartió sobre Jorge Luis Borges, hace pocos años -es absolutamente recomendable, por cierto, que las busques en la red. Son fácilmente localizables y sus revelaciones son extraordinarias.

Pero esa frase, como un camino, es certera: sólo la pasión nos conecta con la verdad.

De alguna manera, la pasión activa, enciende las profundidades de nuestro ser, de tal manera que el torrente sanguíneo abre sus compuertas, recorre las piernas, la cadera, los brazos y nos inflama enteros.

Sentimos de pronto la intensa emoción de estar viviendo en el momento adecuado y las cosas que pensamos se tornan cuerdas. Desde esta perspectiva, la pasión ordena el mundo, nos obsequia el sentido que siempre andamos buscando.

Así, la pasión es colindante de la felicidad. Y aún hay otro término vecino: el entusiasmo.

Todavía recuerdo cuando un profesor universitario, en el campus de la UNAM, nos dijo alguna tarde, "no hay nada más bello que sentirme entusiasmado, porque etimológicamente -según nos refirió y nos sonó muy cierto-, la palabra quiere decir "estar en Dios". Es decir, bañados de divinidad, apreciados como obras perfectas e imperfectas a la vez, dichosos desde el principio hasta el final de los tiempos.

?Cuándo fue la última vez que te sentiste así, entusiasmado, dueño de una energía que rebasa las limitaciones? Las rebasa porque en el fondo, la pasión, el entusiasmo, la felicidad, y demás asuntos circundantes, forjan los atributos que vencen el tedio, el sinsentido, la apatía.

Cuando se es apasionado todo resulta posible

Quizá por ello se le emparenta con la juventud.

Esa inconsciencia consciente, ese lapso que puede durar sólo algunos años, pero que también puede extenderse toda la vida. Inclusive después de la muerte, pues la pasión no reconoce de cuerpos ni de tiempos.

Por eso, los clásicos como Piglia, o Rulfo, o tantos otros, pueden perdurar aún después del último suspiro. Porque su influjo trasciende. Nuestras pasiones se identifican a pesar de la muerte. Como lectores, sabemos cuando un escritor plasma ideas -aún geniales- y cuando un escritor plasma pasiones. Hay una conexión natural que rebasa los tiempos y las generaciones, que se integra de energía vital, de una materia humana profunda, insondable, verdadera.

Basta con leer esa novela de fantasmas denominada Pedro Páramo -así la etiquetaba con humor Juan Rulfo en alguna entrevista-, para comprobar que esta pasión funciona también como elemento integrador de las facultades físicas, psicológicas, imaginativas, del ser humano.

Para poner un ejemplo.

El otro día, en un lugar denominado Piedra Azul, encontré a un hombre esculpiendo una máscara para el carnaval del pueblo. Lo hacía habilidosamente, como un pianista virtuoso y, a la vez, como un muralista paciente. Concentraba la tradición en el pulso de sus manos y en su mirada aguileña.

El hombre era una especie de acantilado que iba engullendo todo lo que estaba a su alrededor. Nada que no fuera su trabajo tenía sentido, nada que no fueran sus ojos fijos en la madera, sus manos delineando el filo, su imaginación adelantando las figuras, los colores, las expresiones.

Hay una especie de concentración, de abstracción personal, que únicamente la pasión logra inducir en nuestros organismos.

Ahora bien, eso es fácilmente observable en el caso del hombre que les converso o en los cantantes en concierto o aún en los lances de los bailarines. Pero en el caso de la literatura, todo ocurre en lo inmaterial.

El escritor plasma unos garabatos, y luego, en la mente del lector toman vida y movimiento los mundos, los personajes, las historias.

Por eso, el apasionado por la literatura en realidad es un apasionado de las figuraciones, de lo subjetivo y, a final de cuentas, de la poesía dentro de nosotros, pues la poesía no está en las cosas, está irremediablemente adentro.

Y así, la pasión es el detonante que hace posible la observación poética.

De alguna manera, nos abre los ojos cuando estábamos dormidos, nos toca el hombro para que notemos la poesía que acontece.

Y luego está el tema de compartir con otros esa suma energética.

Piglia fue un estupendo profesor y conferenciante, se le notaba el gusto por hacer evidentes sus ideas, investigaciones, hallazgos. Rulfo, en cambio, se decía tímido e huidizo. Sentía cierto pánico por las multitudes y las presentaciones públicas.

Como resulta claro, la pasión no necesariamente es algarabía, insensatez, desboque. Un río revuelto.

También, la mansedumbre, la tranquilidad, la armonía, pueden ocuparse de expresarla de otra manera, como un paisaje en los valles donde la vista -ese es un rasgo de las contemplaciones en los valles-, busca automáticamente el confín, el punto más lejano.

La pasión es útil para vislumbrar un mejor destino

Un destino, claro, al que nunca arribamos, porque el horizonte siempre se aleja. Eso le pasa a los clásicos. Cuando pensamos haber llegado a entenderlos, arribado a su sentido final, sus palabras nos lanzan hacia otra profundidad, cada vez más lejos. Por eso, nunca terminan.