Ventana Fotográfica: 1×300 | Arte y Cultura
La Capital Los Municipios El Istmo La Costa La Cuenca Nacional Internacional Súper Deportivo Especiales Economía Estilo Arte y Cultura En Escena Ciencia y Salud Tecnología En la web Policiaca Cartones

Arte y Cultura

Ventana Fotográfica: 1×300

Sexta entrega de la serie Ventana Fotográfica: 1×300

Ventana Fotográfica: 1×300 | El Imparcial de Oaxaca
FOTO: Fernando Armenghol / Yohocuaha, San Juan Colorado. ©

No tienen prácticamente muebles, no tienen seguramente refrigerador, no tienen obviamente lavadora, ni siquiera ventilador para cuando las cigarras se callan y se escucha solamente el crepitar del sol; no tienen cuadros de alcatraces en las paredes, ni títulos que presumir; no tienen mapamundis que señalen el camino de los hombres hacia las estrellas del norte, allá, cruzando la frontera. No tienen cuenta en el banco porque no tienen ahorros que guardar; no tienen wifi, mucho menos netflix para atravesar la noche anestesiados, ni licuadoras en las que triturar las asperezas, ni tampoco el llanto desde que las lágrimas mutaron en savia que mana a borbotones de los chicozapotes en el centro de sus patios. No tienen bonos del Estado porque el Estado (el de bienestar, no el de malestar) nunca se dejar ver por esos lejanos lares en las postrimerías ardientes de la Sierra Madre del Sur que se abre indefensa a los vendavales húmedos del Pacífico.

No, no tienen nada eso, but they have got– como cantaría Nina Simone- dos ojos, un lunar, un arete y también mil arrugas: cada una de ellas con una larga existencia atrás y otra más por delante, porque por encima de todo ello todavía tienen, como tesoro custodiado de espaldas a las modas y las maquilas, el huipil; el huipil hecho de algodón, de manos, de caracol, de códices, de horas y horas hiladas en el huso y malacate de las tardes. El huipil que muestra ese brazo extendido sin anillos, ni pulseras, pero sí con las venas hinchadas, surcando la negritud y los recorridos de la vida. Ese mismo huipil que arropa el cuerpo entero de la señora anciana sentada con el pelo recogido y las manos sobre el regazo, como si ahí mismo descansara, invisible, el oráculo sagrado del porvenir.