Nacer y vivir del barro
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Arte y Cultura

Nacer y vivir del barro

Rufina Ruiz López es una artesana que día a día moldea la tierra, al conjugar tradición e innovación

Nacer y vivir del barro | El Imparcial de Oaxaca

Santa María Atzompa es una comunidad que se ha caracterizado por la alfarería. Ahí, la mayoría de las familias se han dedicado a la producción de platos, cazuelas, jarros y demás objetos moldeados a partir del barro.

La familia de Rufina Ruiz López es una de ellas. No obstante, ella, sus hermanas y su cuñada, han logrado fusionar la tradición de este pueblo de los Valles Centrales con la innovación, por ejemplo, en el uso de esmaltes no tóxicos.

Asimismo, han llevado esa tradición a hogares de Estados Unidos y restaurantes de la Ciudad de México, gracias a la variedad de piezas que se basan en lo aprendido por generaciones para dar lugar a objetos únicos y contemporáneos.

Para eso, han tenido que abrirse al cambio, a tener un aprendizaje constante y a sobrellevar los errores.

Una tradición familiar

Rufina es la novena de 11 hermanos y su contacto con la tierra fue a través de juegos. Desde los 8 años de edad, comenzó a “jugar” con el barro y a aprender que si se le trabaja y moldea pueden surgir cosas impresionantes.

Aunque sus inicios formales en la alfarería fueron alrededor de los 20 años, recuerda con nostalgia que desde niña estaba a cargo de remojar el barro, “lo más fácil” por ser de las más chicas en la familia. Eso, además de ponerla en contacto con la tierra y conocer el proceso de la alfarería, le permitía disponer del gran patio de la casa para jugar.

“Tuve la fortuna de nacer en el barro, crecer en él y ahora estar dentro de él, y lo más importante, que comemos de él”, cuenta la artesana que lo mismo crea para un mercado local que para otro en el que puede lograr un pago más justo.

Orgullosa de haber nacido en un pueblo de artesanos, Rufina cuenta que Atzompa es la comunidad más antigua en dedicarse a la alfarería y en la que puedes encontrar a quienes se dedican a elaborar macetas, ollas, vajillas o incluso joyería.

Mantener las raíces y forjar la vida

Con una madre que enviudó muy joven y que se quedó a cargo de 11 pequeños, Rufina supo que antes de tener una profesión debía aprender un oficio y jamás olvidar sus raíces.

Y eso que su madre le dijo lo lleva en la memoria y el corazón, y lo comparte con toda persona a quien conoce o a quien la busca para aprender.

“Ella nos sacó adelante gracias al barro; para mí, ese es el mejor ejemplo; ella no tuvo una profesión, pero tenía el aprendizaje de la vida”, cuenta Rufina sobre su madre.

Ahora, ya con tres décadas en el oficio, Rufina mantiene frescas esas enseñanzas y las lleva a su vida y al barro, que trabaja como si se tratara de un ser. Y es que, cuenta que tras un proceso que implica golpes, amasado, moldeado y quema, el barro vive lo que una persona para llegar a algo más.

“La tierra también sufre de la manera en que puede sufrir un ser humano; la tierra también se quejaría de aguantar 1050 grados en el horno, todo para que termine en una pieza muy bonita; es el mismo proceso que pasa un ser humano y es ahí en donde le debes tener respeto. La tierra siente, la tierra vive”.

Innovar sin dejar la tradición

Rufina, sus hermanas y cuñada han incursionado en nuevas formas y procesos para crear piezas distintas a las que se observan en la mayoría de los talleres de Atzompa. Esto, en parte por la especialización que ha tenido Rufina a través de talleres y cursos, pero también por la demanda del mercado.

Así, entre esmaltes no tóxicos, un horno amigable con el ambiente, un horno tradicional y los deseos por mejorar, crean obras que siguen la tradición de este pueblo alfarero y les generan otras oportunidades de comercialización.

El intercambio de aprendizajes con profesionales de varias áreas, artistas y compañeros de oficio, así como el contacto con organizaciones que promueven el trabajo artesanal, han hecho del taller Ruiz López un espacio en constante transformación.

En el Centro de las Artes de San Agustín, Etla (CaSa) ha aprendido de personas como Claudio López y Gabriel Macotela, y compartido aula con diseñadores industriales y artistas, gracias al Diplomado en Diseño Industrial que el CaSa realizó en colaboración con la UNAM.

En este diplomado, Rufina tuvo un mayor acercamiento con el diseño y supo cómo aterrizar sus ideas e involucrarse con la mercadotecnia para generar piezas nuevas.

“Lo más increíble es que sigo vendiendo las cazuelas que propuse en el diplomado; se ve que cuando llevas una enseñanza tradicional y aplicas el diseño, el mercado se abre más fácil”, cuenta sobre la experiencia.

Asimismo, que los jarros que produjo después, con base en el diplomado, llegaron al Museo del Chocolate en la Ciudad de México.

Además de talleres, Rufina ha colaborado con 1050 Grados, una organización que les ha puesto en contacto con alumnos de diseño industrial, que a manera de prácticas han acudido al taller en Atzompa.

De ese trabajo, recuerda que al principio hubo complicaciones para adaptarse a los diseñadores. No obstante, se percató que se podía cambiar y mejorar; “ser uno mismo, pero ya con otra tendencia, tanto comercial como personal”.

Hacia nuevos horizontes

En los últimos meses, el trabajo de Rufina Ruiz se ha centrado en la experimentación y generación de piezas que puede vender en dos mercados: el local (que aunque ya paga un poco más por las piezas, sigue siendo un precio bajo comparado con el trabajo que implica la producción) y el externo, en el que sus piezas llegan a restaurantes del país u hogares de EU.

Con este último ha generado piezas bajo demanda, con nuevos colores y acabados que logra a base de experimentación, uso de nuevos materiales y modificaciones en el proceso.

Y aunque de pronto se encuentra con resistencias, sigue creyendo que la tradición y la innovación pueden convivir a través del barro.

 

 

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