César Rito Salinas: A las letras como al periodismo se entra por ignorancia
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César Rito Salinas: A las letras como al periodismo se entra por ignorancia

El poeta que conmemora tres décadas en la literatura dice que escribir tantos libros es una manera de suplir en el tiempo el analfabetismo de su madre

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Hace muchos años, por 1975, la poeta, novelista y dramaturga Carmen Boullosa le sugirió firmar como Rito Salinas. Mucha gente le ha preguntado si lo suyo es pseudónimo. En el país donde estos se pusieron “de moda”, él prefirió presentarse y escribir con el nombre que le dieron sus padres: César Rito Salinas. Hijo de madre zapoteca de Tehuantepec y de marino militar de Salina Cruz, rememora tres décadas en la poesía, contadas a partir de Movimiento de luz, el poemario con que ganó en 1989 el Premio Estatal de Poesía Casa de la Cultura Oaxaqueña.

A ese seguirían otros reconocimientos en su estado natal, pero también incontables publicaciones: poemarios, columnas y relatos. Además de recitales donde lo mismo comparte espacio con las rezanderas zapotecas o jóvenes que incursionan en el rap, las artes visuales, los murales. A veces, sólo con su libro en mano. Muchas de las veces, ante menores de educación básica, en pueblos donde aún no se acepta la figura de un hombre como poeta, o en una mezcalería que divide al centro del Oaxaca turístico de una “periferia” como San Martín Mexicápam.

“Quien escribe es un vago”, apunta César Rito (Santo Domingo Tehuantepec, 1964) en una mañana en la que las protestas y la música con que se acompañan estas enmarcan la plática en los portales del centro de la ciudad de Oaxaca. Del comentario, aclara que se trata de la visión de los 70. En un tiempo en el que se definió por la literatura y en Oaxaca era mal visto escribir, porque “quien escribe tiene memoria, y nosotros, los oaxaqueños, en las comunidades indígenas, tenemos una mala convivencia con el libro” “¿Cómo vas a querer al instrumento si es tu torturador?” Por eso, dice, nos apegamos a la traición oral, “porque rechazamos el libro, porque a partir de ella que conservamos nuestra identidad o lo que nos pertenece”.

 

¿Usted cómo se mira en esos contextos?

—Tengo un origen singular: hijo de marino militar e indígena analfabeta. Ese componente de la célula familiar es el origen del lenguaje mexicano, somos hijos de marino militar de la Conquista y de madre indígena analfabeta, y sin saberlo tengo ese origen que es el de hace 500 años, el origen de la lengua.

 

Para el poeta, aquel matrimonio le recuerda a Hernán Cortés y Malinalli Tenépatl, conocida comúnmente como Malinche. A su padre, José Rito Katt, lo recuerda con las habituales pláticas sobre el Canal de Panamá o el jazz, que este oía como un gusto exótico en una región de comerciantes, de pescadores y de un calor insoportable. A Facunda Salinas Gallegos, su madre, con la cultura zapoteca de alguien acostumbrada a bañarse en el río, a hablar una lengua que él no aprendió, a usar huipil y enaguas (los que en sus viajes cambiaba por vestidos y gafas a lo Marilyn Monroe). Pero también rememora la experiencia del racismo.

En una ocasión, en Ciudad de México, su madre hablaba en zapoteco a través de un teléfono público, pero fue agredida verbalmente por quienes le exigieron dejar el aparato. “Los golpeé y fue la primera vez que me percaté de por qué mi madre no me enseñó zapoteco. Porque no tienes futuro”, cuenta el autor que también de ella aprendió el amor por los libros.

Cuando él apenas tenía nueve años, aquella mujer enviudó y tuvo que ingeniárselas para criar a cinco hijos. Vendía ropa de casa en casa, soportando la muerte de su esposo y el implacable calor de Tehuantepec.

—Yo quería, como niño, darle una satisfacción a esa mujer, a mi mamá, entonces hacía como que leía.

En 2003, César editó el poemario (Teoría de la desgracia) con el fallecido Eusebio Rubalcaba, quien le presentó al editor Carlos López, de Praxis. Carlos, doctor en filología, excombatiente en la guerrilla salvadoreña y exiliado, le dijo que su español era del siglo XIII.

 

¿Qué piensa de lo que le dijo?

—Yo porto orgullosamente el español de mi madre.

 

El hábito de la lectura lo cultivaría gracias a su hermano José Luis, quien una tarde, en pueblos donde ni siquiera había librerías, llevó a casa una edición de Motke, el ladrón, de Sholem Ash. “Mi primera relación con la tradición literaria fue a partir de la imagen de los excluidos, del judío en las capitales europeas. Y sin saberlo, me hice hacia esa tradición, que entiendo que ahora busco tratar temas que hablan de la desventura y del marginado”.

 

Cuando se decidió por la literatura, ¿había opciones?

—Las opciones eran muy sencillas: una era ingresar a la armada de México y ser marino militar como mi padre. Tuve medios hermanos que pescaban camarones, era la vida ruda; mi abuelo Juan era pescador en Salina Cruz. No había futuro. Era como decir si quieres ser campesino e irte a tostar el lomo como en el campo. Por la tradición de madre: músico en Tehuantepec, sastre y comerciante. Sólo eso ofrecía la comunidad a sus jóvenes. Fui rebelde.

¿Qué implicó irse por la literatura si pesa la idea de generar ingresos?

—Yo tengo clara una cosa: a las letras como al periodismo se entra por ignorancia, o al magisterio. Si uno supiera la vida dura que vas a llevar y el poco dinero que vas a sacar de eso, que son más lágrimas que varo, uno no elegiría eso. Entré a la literatura por ignorancia. No sabía lo que hacía.
Cuando se percató de ello…

—En esta decisión, en esta convicción, han pasado 30 años.

El ganador del primer concurso del Festival Poesía en Voz Alta (2014), que organizan Casa del Lago y la Universidad Nacional Autónoma de México, fue reconocido por el poemario Movimiento en luz, el primero que publicó. Pero lo suyo comenzó un poco antes. Había llegado un poco antes a la ciudad de Oaxaca, donde comenzó como reportero en El sol de Oaxaca. Traía la idea de la poesía, de ahí que encontrara cercanía a ella con el periodismo.

“Tanto periodistas como poetas somos tránsfugas en una sociedad machista, no encajamos. Primero porque hacemos la memoria y tenemos la mala convivencia con el libro, y luego porque trabajamos con lo que entonces, la máquina de escribir, se definía como un instrumento femenino. El periodista no era bajado de chismoso y con actitudes mujeriles; el poeta era un degenerado, que iba en contra de su sexo. Fuimos rebeldes porque agarramos la máquina de escribir”.

 

¿Ahora nota un cambio en esas percepciones?

—Todavía llego a leer a comunidades y me apartan.

Y sin embargo son las comunidades a donde ha tratado de llevar más su poesía.

—Claro, porque es necesario.

A sus 55 años, César ha escrito poemarios como El paso de los héroes por nuestra tierra, Poemas de la marinería, La fiesta de los grumetes. Además de los libros Ojos de lagarto/Zapatos de gente normal, Una escalera junto al mar, entre otros. En su literatura, están también las rutas marcadas y seguidas por los oaxaqueños Andrés Henestrosa, Macario Matus y Víctor de la Cruz. Aunque también sigue la del escritor y periodista estadounidense Ernest Hemingway, de no escribir nada que no haya vivido, experimentado o comprobado. Y por eso, habla sobre Oaxaca, que observa como despreciada.

—Alguien me preguntó, (el periodista) Renato Galicia, ¿por qué escribo tantos libros? Y le dije que trato de suplir en el tiempo el analfabetismo de mi madre. Y quizá lo mío es hasta soñador, ideal, platónico… Quisiera que la chica que está pariendo ahorita, ese hijo fuera el último de una madre analfabeta en este estado. Pero eso es imposible porque necesitamos condiciones de desarrollo social y de gobierno. Parece la maldición del oaxaqueño, siempre vamos a enfrentar la vida a partir del analfabetismo, real o funcional. Sólo leeremos marcas de cerveza o de cigarros, lo que quiere el sistema”.

Lejos de la conmemoración de su literatura, César Rito apunta que sus 30 años en la literatura son una revisión a lo que ha pasado en la poesía y a partir de ella lo que ha ocurrido en la sociedad, en el lenguaje, en donde señala que han desaparecido los premios o las colecciones literarios. “Vamos al cadalso”, refiere.

 

¿Y es inevitable?

—Lo es si no hacemos algo.

 

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