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Arte y Cultura

Francisco Toledo: sus libros, lo que leía y lo que escribía

El artista de raíces juchitecas solía recomendar algunos libros que le gustaban, incluso, en sus últimos años se animó a escribir o retomar historias de la tradición oral en sus colaboraciones

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A DETALLE

Una forma de recuperar la tradición oral de sus raíces zapotecas fue la colaboración que realizaba con la revista Proceso, en su columna “Toledo lee”.

Impulsó publicaciones como El comején, con la que intentaba difundir las publicaciones que tiene el IAGO de Avenida Juárez.

Recreó historias en sus cuadros, como la de un oso que ruge mientras parece ser sometido. La pieza se basa en El oso. Historia de un rey destronado, de Michel Pastoureau.

Fueron algunos pasos en un trayecto que comenzó a las afueras del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO), sobre la calle de Macedonio Alcalá, y terminó en el cruce con Mariano Abasolo. Los minutos transcurrieron entre la plática-entrevista y el señalamiento, a unos metros, de quienes le reconocían. Parecía inconfundible con esa melena canosa y desenfadada que combinaba con su bigote, igual de blanco.

“Ya sabe dónde encontrarme”. Con esa respuesta, Francisco Toledo (1940-2019) se despedía y animaba a buscarle después de esa tarde del 5 de septiembre de 2015. Cuatro años después, muchos acudirían a aquel lugar en donde dijo que se le podría hallar. Sólo que ahora, no en forma física.

Es posible que su respuesta no se refiriera únicamente al IAGO, sino a los libros que años más tarde recomendó leer o buscar para alimentar las ganas de conocer de artes visuales o de literatura.

La obra plástica de Toledo está en esos volúmenes o se basa en ellos, como narró en febrero de este año al presentar su obra reciente. Si alguien buscara los primeros, la misma calle por donde transitó incontables veces en su vida conducirá a un local donde están los libros en que colaboró con ilustraciones o en los que sólo aparece su trabajo.
—Ahorita, han venido a tomar fotos de sus libros…

Es el viernes 6 de septiembre, apenas unas horas después de la muerte del artista plástico, activista, promotor y gestor cultural. Francisco Carmona trabaja desde hace 16 años en una librería del centro de la ciudad. La experiencia le ha hecho saber qué buscan los clientes, los intereses de los lectores y dónde está cada autor que se busca, sin importar si este se dedicó a la literatura o a las artes plásticas.

Entre estos últimos está Francisco Toledo. Como varios recintos que se sumaron al luto, en la entrada de esta librería cuelga un moño negro. Pero la vida en torno al local y dentro de él transcurre como cualquier otro día, bajo el sol ardiente, el pitar de los coches por la esquina, el sonido de la máquina de café y el aroma que se cuela en los pasillos de la casona; incluso, con la canción Amor prohibido, de Selena, la reina del Tex-mex, como fondo musical.

Carmona guía el camino hacia una de las últimas salas, donde no sólo hay libros, sino esculturas y otras piezas de arte. Es ahí donde un estante de madera contiene algunos libros de Francisco Toledo, en los que figuran también los nombres de Natalia Toledo Paz y Jerónimo López Ramírez (Dr. Lakra).

—¿Cuántos títulos tienen sobre Francisco Toledo o relacionados con su obra?
—Siete libros.
—¿Hay gente que busca esos títulos?
—Sí.
—¿Qué es lo que más piden de él?
—Anteriormente, trabajábamos mucho lo que era su obra gráfica, y era muy vendida entre extranjeros y nacionales. Hace un año que las dejamos de trabajar, por cuestiones administrativas, pero eran muy vendidos. Al igual que sus libros.
—Pero veo que hay otros objetos, como los de diseño Toledo
—Sí, pulseras, joyería… del taller de papel de San Agustín.
—En los libros…
—Están el de Francisco Toledo/Carlos Monsiváis, Zoología fantástica, de Francisco Toledo y Jorge Luis Borges. Ahí está el de Francisco Toledo, del Museo Nacional de Antropología de Ciudad de México. Hay un libro ilustrado por él y con textos de su hija Natalia Toledo (Cuento del conejo y el coyote), en español y zapoteco.

A unas calles del local, bien se puede volver al IAGO, donde las muestras de cariño, respeto y luto se han dejado ver desde la noche del jueves. Pero también se puede acudir a Avenida Juárez, en donde se encuentra la otra biblioteca del IAGO. Ahí es posible ver los libros que en múltiples ocasiones recomendó, pero no de su autoría, sino de las historias que recreó en sus cuadros, como la de un oso que ruge mientras parece ser sometido. La pieza se basa en El oso. Historia de un rey destronado, de Michel Pastoureau. “Ese libro deben de leerlo, es muy bueno”, dijo Toledo en una de sus últimas entrevistas.

En el IAGO, en cualquiera de sus sedes, Francisco Toledo permanece a través de las publicaciones que impulsó, como la de El comején, con la que quiso “dar a conocer libros que teníamos aquí en (avenida) Juárez (en la biblioteca del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca). Se me ocurrió ilustrar algunos de los fragmentos de los libros que a mí más me gustan, y así invitar a los jóvenes a leer esos libros, animarlos haciendo viñetas, dibujos”.

Aunque fue artista plástico, los libros, la escritura y la literatura estuvieron muy ligados a la vida de Toledo, incluso como una manera de recuperar la tradición oral de sus raíces zapotecas. Y eso se observa en las colaboraciones hechas para la revista Proceso (con la columna “Toledo lee”), para las que escribió la introducciones o las dictaba.

—Realmente, no hice gran esfuerzo como escritor. Nada más quería recordar e ilustrar, eso era todo.

 

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