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Arte y Cultura

Ludwig Zeller: su largo exilio culminó

Aunque fue un hombre universal, nunca dejó de sentir el vínculo que lo unía con su pueblo natal

Ludwig Zeller: su largo exilio culminó | El Imparcial de Oaxaca

“Yo nací en el desierto de Atacama”: con esa frase gustaba el artista Ludwig Zeller presentarse ante quien se le acercaba para conocer su vida. Y así fue: en la elevada población de Río Loa, en el desierto chileno, nació el primer día de febrero de 1927, y aunque fue un hombre universal, nunca dejó de sentir el vínculo que lo unía con su pueblo natal. Le dedicó a ese terruño su novela Río Loa, estación de sueños, y en su poesía hay constantes referencias al vasto desierto en que pasó su infancia. Su compañera de casi toda la vida, Susana Wald, también recuerda ese desierto magnífico que alguna vez recorrieron juntos.

Esta pareja de artistas tuvo un destino singular debido a su elección estética y ética: dispuestos a cumplir los postulados del surrealismo en un país que fue convulsionado por sus movimientos sociopolíticos, Ludwig y Susana, junto con otros surrealistas, se confrontaron con los dos grupos que se disputaban el poder y cuyas pugnas sumieron al país en una de las más siniestras dictaduras de la historia americana. En México, quienes crecimos con noticias lejanas de las terribles consecuencias del pinochetismo, entendemos bastante los sufrimientos de los socialistas, algunos de los cuales hallaron asilo en nuestro país. En cambio, solemos ignorar que hubo perseguidos por ambos bandos —la izquierda y la derecha— Ludwig Zeller y Susana Wald fueron parte de ese ignorado sector, y debido a su renuencia a inscribirse en alguna de las dos grandes corrientes, tuvieron que abandonar su país en 1971, antes del golpe contra Salvador Allende.

Beatriz Hausner Wald, hija del primer matrimonio de Susana, explica esta circunstancia que determinó el exilio del escritor y artista visual y de la pintora y escritora, pues el papel de ambos dentro de los movimientos políticos de Chile aún permanece incomprendido, por su singularidad.

—Ludwig mantuvo una posición independiente de todo partido político –explica la poeta–. Su posición fue exactamente la misma de los surrealistas: aspirar a una libertad absoluta del ser, con un matiz que representa el anarquismo, razón por la cual fue atacado por los miembros del partido comunista que obedecían la línea estaliniana. Esto le obligó a emigrar, cosa que nunca fue su afán interior. Significó un sacrificio enorme: todos los años que vivió fuera de Chile fueron para él un suplicio.

Además de la enorme labor creativa y de promoción cultural que Zeller y Wald realizaron en Chile antes de ser expulsados por la persecución política, los artistas formaron una familia en la que tuvieron cabida los hijos que cada uno había tenido antes de conocerse en 1963. Su hija Beatriz, quien reside en Canadá, detalla:

—Los cuatro hijos de Ludwig y Susana nacimos en Chile. Harald Zeller, quien vive en Alemania, es hijo del primer matrimonio de Ludwig con Wera Klose. Alejo, quien vive en EU, y Beatriz somos hijos de Susana con José Hausner. Javier, quien también vive en Canadá, es hijo de Susana y Ludwig.

LA PRIMERA MIGRACIÓN

En el mismo año en que Chile se sumiría en un largo baño de sangre bajo el régimen del dictador Pinochet, el poeta y collagista Ludwig, la escultora y pintora Susana y sus cuatro hijos se establecieron en Canadá para pasar la primera parte de su exilio. Atrás quedaban las exposiciones, los conciertos, las lecturas y las ediciones de arte que habían vinculado al poeta y a la pintora con el gran movimiento surrealista chileno, particularmente con el grupo Mandrágora.

En Canadá, pese a las dificultades que hallaron para establecerse, Zeller y Wald fundaron nuevas iniciativas culturales, señaladamente, la editorial Oasis Press, en la que difundieron no sólo sus obras escritas y visuales, sino las de sus amigas y amigos escritores y pintores de todo el mundo.

CAEN EN EL EMBRUJO DE MÉXICO

Pese a haberse acomodado al sistema canadiense, el cual les otorgó seguridad económica y un notable sistema de prestaciones sociales, la pareja de artistas no pudo evitar caer en el embrujo de México. Hacia 1988, Zeller y Wald conocieron Oaxaca y decidieron instalarse en nuestro país. Eligieron la capital oaxaqueña, en la que establecieron su primer hogar mexicano en una casa ubicada en la calle de Constitución, a unos pasos del templo de Santo Domingo, en 1992. En ella vivirían siete años, hasta que el terremoto de 1999 hizo venirse abajo los revestimientos de la añosa casona. Para entonces, la previsión de Susana había preparado ya el hogar definitivo de la pareja, en un predio de San Andrés Huayápam que había sido una ladrillera y que los artistas convirtieron en un hermoso jardín con varios centenares de árboles y arbustos que se trajeron de Puebla, y que su ayudante Agustín Arias regó cada semana hasta hacerlos enraizar en suelo huyapense.

El callejón donde se ubicaba esa hermosa casa fue bautizado por sus moradores como Callejón de la Luna, y así se le ha conocido hasta que en época reciente la autoridad municipal le cambió el nombre a Sompantle, aunque la nomenclatura oficial no puede evitar añadir: “antes Callejón de la Luna”.

En Oaxaca, Ludwig Zeller y Susana Wald continuaron su intensa labor de creación, difusión y magisterio artístico. Retomaron su actividad editorial con el sello de Oasis OaxacaPress, y colaboraron en El Colegio de Oaxaca dando nueva vida a la revista literaria Vaso Comunicante.

La casa de los artistas exiliados se convirtió en un importante irradiador de enseñanzas literarias, plásticas y editoriales. Al establecerse el poeta y la pintora en la casa de la calle Constitución, Ludwig abrió las puertas de un taller literario que conducía gratuitamente, todas las noches de lunes a viernes. En él se adentraron por nuevos territorios de la escritura y de la creación artística numerosos autores, como el novelista e investigador Manuel Matus Manzo, quien hoy reconoce la generosidad y la entrega de Zeller en estas labores de enseñanza.

LA CONVIVENCIA

De nuevo, resulta provechoso el testimonio de una discípula muy cercana del poeta, su hija Beatriz Hausner, quien recuerda la convivencia con su padre adoptivo:

—Para mí los 20 años que viví en nuestra casa familiar me significaron un diario diálogo con Ludwig. Mi formación como poeta se la debo en gran medida a él. Fue él quien guió mis lecturas en la adolescencia, desde el teatro clásico de Sófocles, hasta la poesía que a él lo motivaba, como Oscar de Lubicz Wladislas Milosz y Rosamel Del Valle. Aprendí a escribir con Ludwig. Para mí significó una educación literaria de primer nivel. De hecho, mi trabajo en traducción es conjunto a ese proceso, ya que se trataba de dar a conocer en lengua inglesa a los grandes valores de la poesía latinoamericana que él defendió y promovió toda su vida.

ARTISTA DEL COLLAGE

Sobre la faceta de Zeller como artista del collage, Beatriz Hausner explica:
—Ludwig fue un hombre orientado hacia las imágenes visuales, incluso en su poesía. Tuvo un interés profundo y un amplio conocimiento de la plástica. Dentro de la plástica el sistema aleatorio de la combinación azarosa de elementos varios le atrajo con la misma fuerza que el lenguaje automático en la poesía. Así como procesaba sus poemas, también procesó las combinaciones de imágenes que da el azar.

Ludwig Zeller fue un artista universal, pero la presencia de México en su obra es sustantiva. Si el lector busca un texto literario que transmita algunos de los aspectos más conmovedores –por auténticos y profundos– de la vida en México, deberá adentrarse en los poemas del chileno dedicados a los lugares, la gente y los fantasmas mexicanos. Uno de estos textos notabilísimos, nos recuerda Beatriz Hausner, lo escribió en homenaje al artesano Lucio Aquino Cruz, de Santa Ana del Valle, y lo tituló Tejedor zapoteco. En él dice: “Y si al final sólo desovillamos esa oscura madeja, / ¿habrá una puerta para aquellos soles que vagan en mi sangre, / ese enjambre de pétalos que es Dios y son mis hijos, / morenos tejedores de una copa que se bebe con lágrimas?”

SU MUERTE

Ludwig Zeller falleció el primer día de agosto de este 2019, y fue sepultado en el cementerio de San Andrés Huayápam en una profunda fosa. Ahora está enraizado en su postrera tierra adoptiva, pero su exilio terminó también. Algún día, quizá, su país natal demandará que sus restos vuelvan a Chile. Su pacífica tumba oaxaqueña lo cobija mientras tanto. Beatriz Hausner informa que el enorme archivo de obras literarias, visuales y publicaciones, junto con buena parte de su colección de obras de arte, “estará seguro. Formará parte de un archivo y estará pronto al alcance de todos quienes deseen consultarlo”. Y aunque en estos días se ha dicho que con Ludwig muere el último surrealista, aceptar esta percepción implicaría una injusticia para los surrealistas aún vigentes, como la escultora, pintora, traductora y escritora Susana Wald, sin cuya existencia no se puede concebir la del poeta Zeller.

Al preguntarle a Beatriz Hausner si considera que el deceso de Ludwig cierra algún ciclo o etapa en la historia literaria de América Latina, la respuesta es concluyente:

—No. El surrealismo, al que él se pliega enteramente, y muy temprano en su vida, existe antes, y existirá después de Zeller.
La poeta y traductora que tantas cuestiones y secretos del oficio literario aprendió con su padre adoptivo, valora y reconoce la amplitud, la relevancia, la significación de Ludwig Zeller en el panorama literario no sólo de América, sino del mundo. Este exiliado que siempre añoró el retorno a su país natal, hizo del lenguaje y de las imágenes visuales su patria y su hogar, su familia y su albergue. En su enorme corpus poético es difícil decidirse por alguna obra específica, pero Beatriz Hausner nos orienta:

—Hay tantas facetas en la obra de Ludwig. Está su interés, la gran motivación de su vida en lo amoroso. Está su constante preguntarse por el porqué de todo. Le interesaba y le obsesionaba la sensación de lo invisible, de hacer realidad a través de la expresión poética todo aquello que se presiente, y que incluye lo onírico. En resumen, la poesía de Ludwig la veo yo como la materialización de una mística de la realidad. En ese sentido Ludwig es un surrealista puro. Ludwig fue un poeta incansable, de una obra vastísima, y hay muchos poemas que lo representan perfectamente. Mi favorito, y el que quizás incluye todos los aspectos que menciono, es Mujer en sueño, una obra fundamental en su trayectoria poética. Ese es un poema extenso. La otra cara lo expresa un poema breve y muy denso, Distracción ontológica.

El largo exilio del poeta chileno ha concluido con su deceso. Ahora su ser reside en la eternidad, que instaura sus dominios por doquier y enaltece a quienes habitan la casa del lenguaje. Ludwig Zeller mora asimismo en la casa del tiempo, cuyas puertas dan a México y a Chile, a Canadá y a todos los reinos de la palabra. El artista reposa en suelo mexicano, pero su legado se expande por América y el mundo, igual que cuando vivía. Como dicta el libro profético del Chilam Balam de Chumayel, “toda sangre llega al lugar de su quietud, todo año camina y pasa también”. La sangre y los años de Ludwig Zeller han arribado al sitio de su fijeza, que ahora puede asumir todas las formas y todos los colores del sueño.