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Alejandro de Avila: Estamos enfocados en lo carismático de la cultura

El investigador señala que se ha dejado de lado el conocimiento profundo de la gente de Oaxaca, aquello que subyace lo visible

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Oaxaca de Juárez, Oaxaca

  • Asimismo, que ante las pautas del mercado, los textiles se “fosilizan” y hay pérdida de creatividad. En cuanto a los transgénicos, explica que la oposición es a un riesgo real, mas no a la innovación

Alejandro de Ávila llegó a la ciudad de Oaxaca en 1984. Desde entonces, su vida profesional ha estado muy ligada a varios aspectos de la cultura y la naturaleza en el estado. Sin embargo, su relación con la entidad viene de varios años atrás, pues sus bisabuelas fueron tejedoras e hilanderas, además de que un tío-abuelo se dedicó a la venta de arte popular, a través de una galería y un taller en la capital.

Al antropólogo se le conoce por ser director fundador del Jardín Etnobotánico, un proyecto que impulsó en la década de los 90 junto a otros artistas y miembros de la sociedad de Oaxaca, entre ellos el maestro Francisco Toledo. A este último, De Ávila lo considera un referente en la vida cultura del estado, sin el cual no habría muchas de las instituciones que se conocen en la actualidad.

Con más de dos décadas en Oaxaca y a través de varias experiencias y estudios en torno al arte popular (especialmente los textiles), además de su lucha en contra de las semillas transgénicas, percibe que tanto en el sector oficial como la comunidad académica se han enfocado “en los aspectos más carismáticos de la cultura”, es decir, el arte popular, la música tradicional, la danza, las fiestas y los mercados. De tal forma que al estado “podemos caracterizarlo como el Oaxaca de la Guelaguetza”.

Y no es que quiera ser despectivo, aclara, ya que esta denominación la hace con fines de análisis.

Ante este enfoque, el también curador del Museo Textil considera que se pasa por alto una parte fundamental de la cultura sin la cual no podrían darse las expresiones carismáticas de la Guelaguetza: “es la que corresponde al conocimiento profundo de la gente de Oaxaca, y no me refiero nada más a la gente indígena, me refiero a las comunidades que sin hablar una lengua, que sin ser parte de uno de los pueblos indígenas de Oaxaca, también conservan un conocimiento de su entorno y se explican la vida a su manera”.

Ese conocimiento —dice— es el que permite la gastronomía y otras expresiones de lo que ha llamado “carismático”, pero también aquel que permite tener la gama más rica de fibras y colorantes de cualquier región de México y de Centroamérica.

“Y sabemos que esta región del continente es la más diversificada en sus materias primas para el arte popular. Estaríamos en competencia con el mundo andino, pero diríamos que es una de las dos más diversificada de este hemisferio”.

Para el director del Jardín Etnobotánico, este conocimiento es uno que subyace lo visible.

No obstante, este aspecto visible que pueden ser los textiles o la música tradicional, la comida, el arte popular o el espectáculo de la Guelaguetza, no existirían si no fuera por este conocimiento íntimo que se va actualizando, pero que en muchas zonas se está perdiendo ante su desvalorización.

Ante ello, propone revalorarlo tanto como lo visible y que atrae turismo, pues “tiene una dimensión económica hacia futuro que no nos damos cuenta, y tenemos ejemplos de ello en el pasado”.

Poniendo como ejemplo del pasado la grana cochinilla, de cómo este conocimiento que es parte del patrimonio cultural, significó posibilidades de bienestar y de crecimiento (en los términos de satisfactores humanos) es como invita a atender el conocimiento “oculto”.

Sin presupuesto sólo hay buenas intenciones

Quien en 1993 impulsara la creación del jardín en una parte del exconvento de Santo Domingo que las autoridades pretendían usar para un hotel, dice que ese saber no es sólo el de las plantas, sino todo lo del medio ambiente, que está codificado en las lenguas indígenas.

Pero no basta dar valor a la pluriculturalidad y al plurilingüismo en papel, añade, sino poner el presupuesto en el pronunciamiento filosófico, porque sin presupuesto todos se queda en buenas intenciones.

“Ésta es la parte que veo más débil de la política cultural a nivel estatal y nacional, las lenguas y el conocimiento, el conocimiento de la gente, el conocimiento que significa apreciar las sutilezas del entorno, el conocer los ciclos temporales, el responder también a las vicisitudes del tiempo. Hay capacidad de respuesta de la gente, hay formas de organización. En las formas de gobierno indígena, está también estructurada una forma de resolver los problemas sociales”, menciona.

No obstante, indica que en vez de valorar ello, parece haber una guerra soterrada en el sistema de partidos y en el sistema de usos y costumbres.

El plagio en México, criticable como el Francia, España o Argentina

Al recordar lo visto en los últimos años por empresas extranjeras que han plagiado diseños de comunidades oaxaqueñas (Santa María Tlahuitoltepec, San Antonino Castillo Velasco y San Juan Bautista Tlacoatzintepec), expresa que no hay que ver sólo a Antik Batik, Isabel Marant, Rapsodia e Intropía, sino mirar hacia dentro del país, ver los plagios de la marca de Pineda Covalín.

De ésta, explica, es una empresa mexicana que nadie ha señalado o no ha sido tan expuesto como los otros casos, pese a que Cristina Pineda y Ricardo Covalín “se apropian del diseño huichol y tienen mascadas, otros formatos de estampados a partir del diseño de la chaquira huichol, tienen los bordados istmeños, tienen textiles tenangos de los pueblos otomís de Hidalgo”.

Quien hace días impartiera una conferencia en torno al plagio y proyectos que en vez de robarse diseños rescatan alguna técnica, dice que lo de la marca mexicana es un trabajo que no se justifica porque el diseño no es de ellos y no hay retribución alguna, reconocimiento hacia la comunidad artesana o apoyo alguno.

“Yo creo que es tan criticable lo que pasó en Francia, España o Argentina como lo que pasó en México”, apunta.

Sobre si el plagio es tan cercano y ocurra con diseñadores en Oaxaca, detalla que aquí lo que sucede es que muchos “diseñadores” compran tejidos y bordados, los cuales cortan para producir bolsos, sandalias, blusas, faldas, entre otras prendas.

Pero, “como es algo de menor escala y como no sale al mercado, no sabemos tampoco cómo los están comercializando, si le dan crédito o no (al artesano o artesana).

De Ávila refiere que habría que investigar en qué medida estos pequeños negocios están reconociendo de quién es lo que venden, quién lo produjo y si hay un pago justo o se trata de una maquila en condiciones similares o cercanas a la esclavitud laboral.

El huipil ya no es para usar, sino para vender

Lo que se ha de cuestionar es hacia dónde van las comunidades de Oaxaca con su producción, refiere el antropólogo, pues “ya la gente no se pone huipil” y a su parecer son pocos los pueblos donde las señoras lo visten para la fiesta o para una ocasión especial.

“En la mayoría de los casos, la gente no lo quiere vestir, pero sí lo quiere vender”.

Ante estas circunstancias, considera que hay una producción totalmente enfocada al mercado y que difiere de la hecha hace varias décadas, cuando las prendas eran para autoconsumo y cuyo diseño era regulado por los criterios individuales de la creadora o el creador.

En cambio, ahora todo se ha estandarizado y ya no hay tanta creatividad.

“Una vez que el producto entra al mercado, se fosiliza, el comprador está buscando un sello característico de ese estilo y no aprecia la individualidad; si se desvía de eso, ya no se valora, ya no parece lo tradicional, ya no parece lo que identifica al textil de Yalálag o al textil de Valle Nacional”, abunda.

La información, antes que el consenso

A fin de lograr un trabajo en conjunto en favor de la cultura en Oaxaca, especialmente los textiles, Alejandro de Ávila piensa que es necesario tener información básica, como el que las tradiciones no son fijas ni estáticas. De ahí que “el Comité de Autenticidad no tiene sentido alguno”.

Y es que —explica— tiende a haber la premisa de que las cosas ya están fijas y que tal huipil debe ser así o tal faja debe ser de tal color. “No. Esto está cambiando y siempre ha cambiado”.

En referencia a los textiles, reitera que ni la mitad de la producción es para autoconsumo, sino para venta, lo cual hay que reconocer, pero no por ello pasar por alto los plagios.

“Me parece que tenemos todo el derecho de exigir el reconocimiento, pero no se puede aspirar a crear una estructura jurídica para ello porque eso sería carísimo”.

Los transgénicos

Sobre los transgénicos, otra de las luchas a las que se ha unido, destaca un riesgo real y no una negación a la innovación tecnológica, como se ha querido calificar.

“Por supuesto que estamos dispuestos a abrirnos a la innovación que sea en bien de las causas comunes, pero ésta no va a favor de los intereses de la gente. Esto es una tecnología diseñada para hacer dinero y cada vez está más clara, con evidencia científica que esta tecnología es dañina a la salud humana, es dañina a los ecosistemas y está significando un cambio de mayor inequidad social, es parte de una transformación en la industria agrícola y la industria alimenticia, está concentrando en mayor medida el dinero, pero también la capacidad de decisión, es decir, el poder lo está concentrando en menos manos”.

Frente a ello, quien dirige uno de los jardines con la variedad natural de las ocho regiones del estado, cuestiona el por qué estar de acuerdo en algo que está significando que cada vez la gente común y corriente tenga menos capacidad de decisión sobre lo que produce y sobre lo que trabaja.

Asimismo, por qué vamos aceptar una tecnología que significa que cada vez va a estar más envenenada esa gente que rocía y vive en los campos.

 

 

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