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Vestimenta de San Marcos Tlapazola: Creación y huellas de la migración

Las mujeres de este poblado de la región Valles Centrales portan la herencia de sus ancestras, en cuerpos donde también se muestra la innovación

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Sus manos moldean el barro y trabajan la masa de maíz que se consume en forma de tortillas enormes (también conocidas como tlayudas). Para las mujeres de San Marcos Tlapazola, estos elementos de los que las leyendas dicen se originó la humanidad no son los únicos que se pueden transformar. Las telas, los cierres, los encajes y los hilos pasan entre sus dedos para dar vida a prendas que usan en el día a día o en las ocasiones especiales, como las fiestas de la comunidad donde ellas parecen ser mayoría.

CONFECCIONA PRENDAS

Con una máquina de coser, cintas métricas, telas y un tanto de creatividad, todo toma forma de vestidos o enredos y blusas como las que confecciona Angélica Martínez. Ella es una de las pocas mujeres que lejos de trabajar el barro ha optado por emplear sus manos para otro propósito: el de mantener la vestimenta tradicional heredada por sus abuelas.

El sonido del aparato indica que aún hay alguien habitando una comunidad con casas de concreto que se erigen entre calles casi vacías, a veces porque sus habitantes han ido al campo, pero muchas más porque han emigrado a Estados Unidos para procurarse una mejor vida.

La mañana es tranquila y ni el sonar de las campanas de la iglesia interrumpe el trabajo de Angélica. Sentada en un cuarto donde se refugia luego de hacer las tortillas y la comida, se apresura a terminar los encargos de sus clientas o a crear nuevas blusas y mandiles con los materiales que le llegan de Estados Unidos, el país de donde no sólo vienen remesas, sino lo necesario para innovar las prendas que antes sólo eran de manta o de otras telas que se tenían a la mano.

SOBRE EL TRAJE TÍPICO

Un enredo, un delantal, un ceñidor y una blusa integran el traje típico de las mujeres de Tlapazola, como el que porta Angélica. Pero ese legado no está exento de la influencia extranjera, aquella que ha sabido hacer propia mediante la imaginación y con estrategias para abaratar costos.

A ella, las telas se las envían su hermana y hermano que radican en Estados Unidos. “Antes estas telas no habían (aquí), poco a poco fue cambiando y los que empezaron a ir a Los Ángeles traían otro tipo de telas”, recuerda Angélica, quien señala que este cambio comenzó hace unos 10 años. Asimismo, que para adaptarse a las necesidades de la población ha desarrollado nuevos modelos, más accesibles para sus clientes.

LA MIGRACIÓN HA DEJADO SU HUELLA

Al igual que San Bartolomé Quialana, otra comunidad de la región, la migración hacia Estados Unidos ha dejado su huella en la vestimenta de las mujeres de Tlapazola. Este fenómeno, como lo ha señalado el director del Museo Textil de Oaxaca, tiene que ver con parte de su creación textil, con hacer algo como propio. Así pasó con los pueblos del Istmo de Tehuantepec, que han usado telas, materiales o máquinas ajenas a sus culturas o países.

“Mientras esa traducción a la cultura propia ocurre, es creación; es lo que permite la evolución y transformación constante de la indumentaria”, señala Meneses en una entrevista con este diario. “Ellas (las mujeres) estarían pasando por esa situación que las mujeres istmeñas zapotecas pasaron hace 150 años. Están teniendo estos nuevos materiales incorporándolos a su vestimenta actual”.

Desde hace unos años, estas innovaciones y el traje de la comunidad se han dado a conocer mediante la Feria del Barro Rojo, que en esta ocasión se celebra del 19 al 21 de julio, en la explanada de la agencia. Para Angélica, que desde hace 13 años se dedica a la costura, esto ha propiciado ventas con clientes de otras partes del estado y del país, a quienes también han cautivado sus vestidos y trajes, donde se mantiene el legado de sus abuelas, que usaron manta o pedazos de tela disponibles, e incluso tuvieron que usar prendas prestadas para sus bodas y ocasiones especiales.