Altares de muertos: ofrenda y sincretismo
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Altares de muertos: ofrenda y sincretismo

El recibimiento de los Fieles Difuntos mezcla elementos de las creencias prehispánicas con aquellos heredados del catolicismo y los tiempos de la Colonia

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En la Época Prehispánica, señala José María Bradomín, los indígenas celebraban su “Día de Difuntos”, el que “por singular coincidencia, correspondía casi a la misma fecha de nuestra celebración” (la de los católicos, explica el fallecido párroco e historiador José Antonio Gay). Había, entonces, una tradición que con el paso de los años, además del contacto con la cultura europea y la religión católica, cobró nuevos matices. Se dotó, así, a las festividades actuales de un sello particular: un sentido religioso y la permanencia de lo prehispánico.

El cronista emérito de Oaxaca y autor de Oaxaca en la tradición (donde plasma sus percepciones) dice que la permanencia de lo prehispánico se observa en los altares de muertos, aquellos que desde días o varias semanas antes del 31 de octubre y 1 y 2 de noviembre comienzan a planearse (a partir, por ejemplo, del cultivo de flores o del secado de frutas para algunos dulces).

“Ese aspecto de las primitivas prácticas gentiles, llegado hasta nosotros, está de manifiesto en la ofrenda de comestibles a nuestros deudos y en la creencia de que éstos o el ánima de éstos nos hacen la consecuente visita de cortesía cada año”, expone. Para ese encuentro en la casa donde habían habitado los difuntos, prosigue Bradomín, se les recibía y agasajada dignamente, con una “serie de ofrendas consistentes principalmente en diferentes guisos y platillos”.

La historia sobre los altares fue recogida primero por el párroco José Antonio Gay (de quien otros como Bradomín retoman la información). Gay (1833-1886), en su Historia de Oaxaca, escribe que en la Época Prehispánica el culto a los muertos no terminaba en el sepulcro, sino que seguía en un día y fiesta en que estos eran recibidos y honrados.

En los templos (de la Época Prehispánica) se acostumbraba levantar “un catafalco cubierto de velos negros, sobre los que derramaban flores y frutos y en torno de los cuales oraban”.

Sobre la fiesta que en fecha es muy cercana a la de la religión católica, el párroco recuerda que “los indios” se preparaban “matando gran cantidad de pavos y otras aves obtenidas de la caza, y disponiendo variedad de manjares, entre los que sobresalían en esta ocasión los tamales (petlaltamalli) y el mole o totomolli”.

Esa ofrenda, que en la actualidad se observa en múltiples y variados dulces, así como platillos y bebidas dispuestos en un altar adornado de flores y aromatizado por el copal, no eran lo único con que se nutría esa tradición. José Antonio Gay señala que por la noche se desarrollaba un ritual.

En torno a la ofrenda, dispuesta en el altar o en una mesa, y ya sea de pie o sentados, los miembros de la familia permanecían en vela, orando a sus dioses, “para que por intersección de los suyos, que suponían asistiendo a su lado, les concediesen salud, buenas cosechas y prosperidad en todas sus cosas”.

De ese ritual, añade que los participante “no se atrevían a levantar los ojos” en toda la noche, ya que tenían el “temor de que si en el momento de hacerlo estaban acaso los muertos gustando aquellos manjares, quedarían afrentados y corridos, y pedirían para los vivos ejemplares castigos”.

El párroco, que a su vez recurre a lo escrito por fray Francisco de Burgoa, narra que pasada esa noche y hecho el ritual, los miembros de la familia se daban parabienes por haber cumplido su deber. Respecto a los manjares, estos eran repartidos entre los forasteros y pobres o eran arrojados en sitios ocultos (en caso de que no hubiese a quién regalarlos). Para entonces, estos alimentos ya estaban vacíos, pues los “visitantes” les habían quitado lo nutritivo, pero —en cambio— los dejaban sagrados.

“Este es, pues, el origen de la costumbre relativa a las ofrendas que se colocan en los ‘altares de muerto’. En cuanto al otro aspecto, al religioso, ya es sabido que la conmemoración fue establecida en los primeros años del coloniaje” relata Bradomín, quien a la vez refiere que la fecha fue instituida en el siglo XII, pero que ya desde el IX existía ese día dedicado a los Fieles Difuntos, aunque sólo entre los religiosos de los conventos europeos.

LAS OFRENDAS EN OAXACA

De carrizo o caña, con frutas y papel negro, así como con tres escalones, pero manteniendo la constante de flores, copal, agua y alimentos, los altares de Oaxaca recrean y mantienen creencias comunes y particulares. En ellos, se fusionan elementos de siglos pasados (de lo prehispánico) con los adquiridos en tiempos de la Colonia y de la religión católica, tal como lo señalan Burgoa, Gay y Bradomín.

En el caso de Capulálpam de Méndez, pueblo mágico ubicado en la Sierra Norte, la celebración de los Fieles Difuntos inicia el 23 de octubre, por medio de rezos. Asimismo, se tiene la creencia de que los “visitantes” acuden a saludar al santo patrón del pueblo, San Mateo, antes de dirigirse a sus casas, en donde se les recibe con un altar cuyo arco está hecho de carrizo o caña, y que cuenta con tres escalones dedicados o que representan a cada tipo de fieles: el primero para los “angelitos”; el segundo para los difuntos grandes, y el tercero por el día de los finados.

 

 

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