Natalia Toledo: los niños andaban perdidos |
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Arte y Cultura

Natalia Toledo: los niños andaban perdidos

La poeta juchiteca hizo de su casa un centro de acopio y luego un espacio cultural para unir a los niños que deambulaban entre el desastre

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“Ya éramos una sociedad bastante descompuesta desde antes del temblor”, dice Natalia Toledo, autora de una decena de poemarios con los que ha ido reforzando el curso de la variante istmeña del zapoteco desde hace más de tres décadas. Para la poeta, los grandes sismos septembrinos mostraron en Juchitán “que éramos una casa abierta, una fisura grande y ahí salieron todas nuestras heridas, nuestras carencias y nuestras miserias, por qué no decirlo”.

Frente a esa miseria —compuesta por marginación económica, delincuencia y corrupción— el arte ha jugado un papel de refugio. Más que la “expresión más alta del espíritu humano”, el arte se ha vestido de actividad cotidiana en pequeños refugios como el que Natalia mantiene junto al poeta Mardonio Carballo y el pintor Demián Flores en el callejón de Los Pescadores, en la Séptima Sección, caracterizada por la inseguridad en este municipio.

En este sitio el aniversario del sismo se vivió con una fiesta artística que sobrepasó las 11:47 de la noche, que recibió el año con una competencia de rap y una exposición fotográfica de la arquitectura vernácula de Ixtaltepec, huellas vivas de la belleza que derribaron los movimientos telúricos.

Las actividades de este lugar, que es su casa y que se transformó primero en bodega de víveres que mandaron personas desde Ciudad de México —que desconfiaban de la Cruz Roja y del gobierno— y después en un centro cultural improvisado, se centraron en los niños, que en “otras ciudades, en otros países, hubieran ido al psicólogo para superar uno de estos eventos”.

“Aquí no hay esas prácticas, es una cosa que posiblemente ellos no razonen, es una cosa muy fuerte para su cuerpo, para su memoria, ver las casas caídas, ver toda esa violencia de la naturaleza, todo lo que desató después, andaban muy perdidos”, cuenta Toledo.

El altruismo vino en forma de talleres, de escritura, de elaboración de papalotes y hasta de cohetes, de artistas que vinieron a Juchitán a enseñar a cambio de una comida y un lugar para dormir. Junto al poeta Víctor Cata, con quien fundó el taller El camino de la iguana, Natalia aprovechó la oportunidad para enseñar zapoteco, “para reforzar la identidad a través del idioma”.
“Nosotros lo hacemos sin ser expertos en nada, vemos que ha habido un resultado positivo, los niños leen, ya leen, ya piden, ya exigen, ellos quisieron también dar talleres, dieron talleres de los oficios de sus padres, hay un niño que su abuelo hace cohetes, otro niño dio clases de cómo elaborar la bebida espuma”, asegura.

Esta experiencia, subraya, más que crear niños artistas, creó “niños solidarios, que aprendieron a ser solidarios en su desgracia. A mí me enseñó mucho, esto no es nada más de gente que tiene y quiere dar, sino de gente que aunque no tiene quiere dar, eso fue bien importante, me enseñó a convivir más con mis vecinos y a aprender a ser familia con la gente que quiere ser familia”.

DESCOMPOSICIÓN SOCIAL

En las calles, agrega la poeta autora de Paraíso de fisuras, la gente aún está sacudiéndose el polvo de los escombros.

“Ésta es una cosa inédita, nunca habíamos tenido una desgracia tan grande, posiblemente se compare a una inundación de la que hablaba mi abuela, de la que hizo un registro un cancionero, han pasado muchas rebeliones históricas y ha habido muchos muertos, pero un evento provocado por la naturaleza nunca nos había sucedido.

“Ya éramos una sociedad bastante descompuesta desde antes del temblor, por la violencia, por todo lo que ha pasado aquí, Juchitán es paso de mucha gente, hay muchos cultivos sociales, es un lugar políticamente activo, desde chiquitos tenemos partidos, nos enseñan a ser conscientes, pero también a participar en ciertas corruptelas, la gente recibe dádivas por sus votos y al hacerlo se pierde mucho de lo que hemos ganado como un pueblo digno, rebelde, que sí existe”.

—¿Juchitán podría estar mejor a un año del sismo?

—Ni si quiera lo he pensado, siendo honesta no lo he reflexionado mucho porque nos metimos a apoyar. Ya había mucho daño, la violencia, en este barrio ha habido muchísimos muertos, muchos sobrinos de nosotros que ya se murieron, amigos, vecinos, no es como en otros tiempos que allá mataron a alguien, es casi todos los días.

Un evento como estos no va a traer una mejora denada, al contrario, porque no hay trabajo. Mira cómo está la Casa de la Cultura y la iglesia, no le han hecho absolutamente nada, siguen apuntaladas.

EL ZAPOTECO EN LA VIDA

Para Toledo, la escritura y la lectura son la doble identidad de su identidad. A través de la lectura busca acercar los millones de otros mundos existentes a otras personas; a través de la escritura, se define como mujer zapoteca.

“Ese es mi tema en la vida, quiero crear lectores, quiero decirles que siempre hay otro lugar y hay otro refugio a pesar de las cosas que pasan, que son horribles, pero que cuando tú entras a estas historias puedes ir a otras partes mucho más agradables, más divertidas o locas”.

“Como poeta veo cómo se sienten las mujeres de otros pueblos, veo cómo me siento yo, cómo me paro en público, a mí me enseñaron que eso era lo más importante, el zapoteco, hay otros lugares en los que a la gente le da vergüenza ser indígena, aquí es diferente, eso es lo más importante. Ese orgullo no se ha perdido del todo pero se ha quedado en el camino.
—¿Has podido escribir en este año?

—Me pidieron un libro sobre el terremoto, pero yo no funciono así, inmediatamente no puedo escribir un poema, un buen poema no, puedo pensarlo, tengo mañas para hacer algo bien escrito, pero a mí no me interesa hacer algo que esté pensado, necesito otra cosa, tiempo. He empezado a escribir algunas cositas, pero realmente no.

 

 

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