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La palabra siguiente la sepultó un ¡Paarrrrr! Salté

Hospitalidad | El Imparcial de Oaxaca

Por: ERNESTO GRAPAIN

El licenciado Claussen, al notar el poco caso que le hacíamos, extrajo de su saco una pistola y la colocó en el centro de la mesa. Sonrió enchuecando los labios; sus amarillentos incisivos se asomaron. Extrajo un cargador y lo introdujo en la pistola. Lo vi como a un niño que presume su juguete a sus amiguitos.
Salazar tomó el arma con firmeza, la regresó a la mesa y dijo:
–Licenciado Claussen, ¿qué pasó? Guarde su juguetito, ¡está cargada! ¿Qué va a decir el licenciado Toledo de usted?
Claussen levantó la pistola.
–No, tú no me vas a decir qué hacer, no eres mi jefe. Nadie aquí es mi jefe. ¡Ey, Nacho, tócame “Volver volver”! Licenciado Toledo, tú eres el más ecuánime, ¡dime está…!
La palabra siguiente la sepultó un ¡Paarrrrr! Salté, vi todo borroso; perdí el color y la postura. La pistola se había disparado en las manos de Claussen. Dibujado en su rostro había una sonrisita nerviosa.
Poco después salimos de la cantina. Eran las diez de la noche. El licenciado Claussen se ofreció llevarme a alguna calle donde pudiera tomar un taxi. Sin dejar de hablar, acercaba la cabeza al parabrisas y aún así daba volantazos inesperados. Dios, ¿por qué no me fui con Salazar o con Javier? Pero ellos se habían esfumado a la primera oportunidad.
–Licenciaaado Toledo, acompáñame a mi departamento, quiero presentarte a mi esposa. Le plaaatiqué de ti y ahora en cualquier discusión sales tú. Dime, dime, licenciado, que me vas a acompañar.
–Será en otra ocasión, licenciado, hoy ya es tarde. Me bajo aquí.
–No, licenciado, ¿cómo? Se lo prometí a mi mujer. Es hermosa, habla mucho de ti.Hazlo por ella, licenciado, por ella. No te vas a arrepentir. Hace un chupe de pollo riiiquísimo, es una comida de Perú.
Se llevó la mano derecha al cinto, a la altura donde había guardado la pistola. Recordé el disparo y moví mi cuerpo hacia la puerta. Deslicé mi mano izquierda hacia el cinturón de seguridad. Él accionó el seguro.
–¡Licenciado! Hace poco mi esposa me dejó. Se fue al Perú. Pensé que ya no regresaba… no quería –con palabras cortadas por el llanto siguió–: fui por ella, le llevé serenata, le cantamos “Volver Volver” hasta que la convencí. La quiero mucho, ¡es mi mujer! –Ya sin llanto–: ¡En mi casa mando yo! No tenía por qué irse. Cuando nos peleamos habla de ti: “si fueras como el licenciado Toledo…” hasta pienso que te quiere sin conocerte, licenciado, ahora que te conozca…. Ella me quiere, me quiere, ¡me quiere mucho! Yo también la quiero, licenciado, y a ti te aprecio más que a un amigo.
El departamento estaba por el rumbo de Tacubaya. No conocía esos lugares.Nos metimos en una calle angosta en donde sólo nosotros circulábamos. Después de cinco cuadras llegamos a una esquina amplia, desolada y silenciosa.Pensé que podría escaparme en cuanto estacionara el auto, pero no fue así: Claussen metió su carro al estacionamiento del sótano. El edificio era viejo pero fuerte, con columnas gruesas y paredes interiores como de granito.
Llegamos al tercer piso. Claussen abrió la puerta de su departamento con dificultad.
–Pásale, licenciado, pásale. Te presento a mi esposa. Ya sabes, él es el licenciado Toledo Hernández.
Quedé frente a aquella señora sin saber qué decir. Ella sonrió viéndome fijamente; los contornos de sus labios saltaron y sus enormes ojos negros brillaron a través de pestañas curvas y pobladas. Claussen la abrazó y le dijo:
–Cumplí mi palabra. ¿Es como lo esperabas?
Por respuesta ella lo tomó de la mano y con una reverencia hacia mí nos dijo:
–¿Pasamos a cenar?
Claussen se sentó a la cabecera de la mesa. Su esposa nos sirvió la cena y se sentó frente a mí.
–Este chupe está exquisito, mi amor, y con esta salsa rocoto mmmhh…, ¡te estás luciendo mi reina! ¡Licenciado Toledo, ven a cenar todos los días!
–Está muy sabroso su guiso señora, la felicito –alcancé a decir.
–Mi princesa, ese modelito no te lo conocía, te ves como nunca, ni cuando nos casamos te vi tan hermosa. –Ella bajó la cabeza y se llevó la cuchara a la boca–. Licenciado, mi mujer tiene medidas perfectas, casi un metro con setenta, como de tu estatura, delgada, ya le dije que le queda muy bien todo. Es perfecta, de busto mide…
–¡Cofcofcof! –La señora se fue a toda prisa del comedor; el licenciado la siguió.
Respiré profundo. Hasta mí llegaban palabras sueltas, unas audibles y otras en ruido. Minutos después regresó Claussen. Se tomó el cinto con la mano derecha y se subió un poco el pantalón. Era su tic nervioso conocido por todos en la constructora.
En eso llegó la señora.
–Platícanos, licenciado… platícale a mi esposa de ti. Ella ya sabe todo cuanto me has dicho, pero dinos más.
No muy convencido, les platiqué sobre mi pueblo, mis amigos, el rancho y terminé compartiéndoles las diferentes atmósferas que creamos mis hermanos y mis padres cuando nos sentamos a la mesa. Las cenas prolongadas con pláticas, observados por la inquieta luz del candil que seguía los movimientos de las sombras. Terminé cuando vi que el licenciado observó por largo rato a su esposa, quien seguía atenta mi relato.
–Muchas gracias. Tengo que irme, licenciado. Señora, buenas noches.
–Buenas noches, pero no te vas. Mi esposa te ha preparado una recámara para que te quedes. ¡No la vas a despreciar!
Me llevaron a la recámara y se despidieron de mí. Cerré la puerta y me acosté. Percibí un aroma agradable que guardaban las sábanas, la suavidad de la almohada y el colchón cómodo y amplio. “Creo que ya pasó lo más difícil. Mañana en cuanto se levanten me voy…” En eso estaba cuando escuché pasos en la sala, luego un chasquido. De fuera llegaron unos gritos. En seguida llanto entrecortado. Luego voces. A éstas le siguieron unos treinta minutos de silencio. Y otra vez aquel chasquido. Vi mi reloj –las seis–, me levanté sin hacer ruido, esperé un momento y abrí un poquito la puerta. Por la ranura, observé a la señora de Claussen que, portando una bata de seda gris, abría la puerta de la entrada al departamento. De pronto volteó. Nuestras miradas se cruzaron, su mano izquierda se abrió y las llaves cayeron con un ruido multiplicado por el silencio.
Como gacela salí corriendo del departamento. Ya en el pasillo, me dirigí al elevador. Dejé mi dedo oprimiendo el botón pero la puerta no se abría.
–¡Toledo, a dónde vas, ven!
Me agaché y corrí hacia las escaleras dando tumbos. Cuando llegué al primer piso vi hacia atrás. Claussen traía una pistola que sin ninguna duda me apuntaba. Aceleraba mi carrera cuando escuché las detonaciones. Caí a gatas, torciéndome el tobillo, levanté la vista y ante mí vi la puerta del edificio. No me detuve hasta llegar a la avenida principal. Fui aparador de todos los curiosos: camisa mitad fuera del pantalón, corbata mal anudada, cierre abierto y con un zapato menos. No venía ningún taxi, por lo que corrí unas cuadras en sentido contrario a los automóviles hasta dar con un camión.
El lunes, el licenciado llegó a la oficina y, como era su costumbre, saludó a cada uno de los compañeros. Yo estaba leyendo un documento. Se paró frente a mi escritorio, nos vimos fijamente, me ofreció su mano y me dijo:
–Te admiro más, licenciado. –Esquivó el escritorio, nos dimos un abrazo y agregó: Mi esposa y yo te invitamos a cenar el próximo viernes.