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Arte y Cultura

Par de Reinas

El sábado le pedí el coche a mi papá y no se me ocurrió mejor pretexto que ir a unos quince años.

Par de Reinas | El Imparcial de Oaxaca

Por: AINDA DOBARRO

Se me hizo tan raro ver a Adela y a Olga en la calle después de medianoche que traté de seguirlas. Caminaban muy deprisa y se metieron antes de que las alcanzara. Me estacioné afuera y entré a la casa de puntitas, tratando de no despertar a nadie. Si se daban cuenta de la hora no me volverían a prestar el coche.
En la mañana la vida familiar empezó temprano: la licuadora, la bomba del agua, mi hermana Rebeca poniendo una y otra vez la misma canción. Todavía en bóxers, despeinado y con la cara sin lavar me presenté en la mesa, donde mi papá ya iba a desayunar algo que le estaba sirviendo Adela.
—Good —le dije a media voz
—Good morning —contestó mi papá. Seguro estaba buscando en mi cara indicios de peda o trasnochada.
—Qué onda, pá. No bebí y llegué a buena hora ¿eh?
Rápidamente cambié de tema y ahora era yo quien buscaba señales en otra cara:
—Adelita, buenos días.
—Buenos días, niño Micky.
—Ya no me diga niño Micky.
—Está bien, niño Miguelito.
No sabría calcular su edad. Adela era una chaparrita fortachona que podía cargar cubetas de agua, bolsas del mandado, montones de cobijas. Tenía la nariz chata, a diferencia de su hermana, quien también trabajaba en nuestra casa y era lo opuesto. No sólo era flaca y narizona, sino más lenta. Lo único que tenían igual era una trenza larga y gruesa. Mi mamá pensaba que Olga tenía un retraso y en compensación Adela lo resolvía todo, lo que acentuaba el retraso de Olga, y así sucesivamente.
—¿Adela tendrá novio? Mi mamá se rió.
—No que yo sepa. Ni Olga. Ellas son… una especie de monjas pero de otra religión.
—¿Tampoco tienen amigos? —preguntó mi hermana, quitándose los audífonos de un oído.
—Pero si no salen de aquí. Toda su parentela está en pueblo. Sólo van a su templo el jueves en la mañana. No hablan con nadie, ni con las vecinas, ni con las de la tienda, apenas conmigo.
¿Qué no salen de aquí? ¿No tienen familia, amigos, ni novio? Más me intrigaba haberlas visto tan tarde la otra vez, así que se lo platiqué a Rebeca.
—¿Neta? ¿A qué hora? ¿Iban vestidas como siempre? Bueno, total —dijo cambiando el tono—, ella se puede preguntar lo mismo ¿de dónde venía el niño Micky a deshoras de la noche?
Al día siguiente, cuando llegué de la escuela le hice la plática:
—¿Y usted de dónde es, Adela?
—De la Sierra, niño.
—¿Nadie más de su familia se vino para acá?
—Sólo Olga. Ella se vino primero. Y luego, vamos, dice, hay algo que te va a gustar, dice. Y acá estamos.
Y según mi mamá, Olga era la retrasada. Platicamos un rato, pero no me atreví a preguntarle de dónde venía la otra noche. Luego, durante la comida, Rebeca se me acercó:
—Oye, Sherlock, ¿ya le viste el brazo? Chécate el moretón…
Cuando Adela se movía, se le notaba un mega golpe por debajo de la manga. Rebeca sí le preguntó directo:
—Oiga Adelita, ¿qué le pasó? ¿Con qué se lastimó?
—Nada niña, una que es medio bruta.
—Pero, ¿se cayó?
—No niña, cosas que pasan.
Adela se vibró incómoda, se bajó la manga y se acomodó el delantal.
—Ahora —dijo mi hermana el jueves en la mañana—. Hay que entrar a su cuarto.
Una mezcla de adrenalina y vergüenza hizo que me quedara en la puerta; en la mesa había un espejo y un bote de crema, en la pared un calendario de la carnicería. A Rebeca no le dio pena, abrió el closet y los cajones hasta que oímos la llave y nos salimos corriendo. Ya en el patio le pregunté:
—Qué onda, ¿viste algo? —No… bueno, sí… unas mallas, como de danza.
—No manches ¿Cómo mallas de ballet?
—Ándale, pero mucho más sexy. Está raro, ¿no? Muy raro. No me checaba para nada. Después de pensarlo un momento le dije:
—¿Crees que alguien las está obligando a…?
—Sí, es posible.
—¡Y aparte se las madrea!
—Otra cosa, tienen fechas marcadas en el calendario. Este sábado está en rojo y bien tachado. Lo mejor sería seguirlas.
El sábado le pedí el coche a mi papá y no se me ocurrió mejor pretexto que ir a unos quince años.
—¿O sea que me tengo que vestir de fiesta para ir a espiar a las chachas? —me reclamó Rebeca enseñando los brackets.
Nos quedamos en el coche, en una callecita desde la que veíamos la puerta de servicio. Como a las nueve salieron las dos. Caminaron por el atajo hasta la avenida, donde alcanzamos a ver que se subían a un taxi. Lo seguimos de lejos, se metió en unas calles medio feas, pasó por el rumbo del mercado y luego se paró justo frente a un lugar que decía “Arena San Francisco”, abajo de un foco azul. Al ver bien el anuncio, Rebeca soltó una carcajada.
—¡No mames, wey! Tanto pedo porque les gusta la lucha.
—Ya que estamos aquí deberíamos de entrar.
—No, ni madres. Yo con este vestido de pastel entre todos esos…. La convencí, compramos los boletos y entramos a un mundo que sólo habíamos visto en tele. Había mucha gente, todos exaltados “Mátalo, huevón! ¡Ahórcalo, mariquita! ¡Horca, horca, horca!
—Va a estar en chino encontrarlas aquí —le comenté a mi hermana, quien ya estaba clavada viendo luchar a los enanos.
—Contra los NO enanos, wey… qué pinche injusticia.
Le expliqué que eran más atléticos.
—Y más mañosos —dijo una anciana que estaba a mi lado—. Ojalá les pongan en su madre.
Ganaron los Microfighters. A Rebeca y a mí nos dio gusto, y nos daba risa que nos diera gusto. Cuando anunciaron la siguiente pelea, “Resssspetable públicoooo, Paaar de Reinas contra las Gemelas Ar-gen-tinas”.
Quedamos shockeados.
La primera en subir al ring fue la flaca, y desde arriba ayudó a subir a su hermana. Las dos usaban la máscara con una coronita y el leotardo negro con adornos plateados.
—Te lo dije, los trajes.
Se veían decididas a rifársela. Sus rivales hicieron el resorte contra las cuerdas y en el regreso patearon a las reinas. En respuesta, Olga agarró a Adela de la mano, le dio tres vueltas y la soltó para que saliera disparada contra la rubia, mientras ella se lanzó encima de la pelirroja y la inmovilizó con las piernas. Se juntaron otra vez y flexionando las rodillas, Olga sostuvo a su hermana y la impulsó, como decía el animador: “una catapulta sobre las técnicas del Cono Sur”.
Volaban, daban vueltas de carro que acababan en golpiza; y cuando tenían a sus rivales sometidas en la lona, hacían como que las ahorcaban con sus enormes trenzas. A pesar de su brillante vestido de fiesta, Rebeca apoyaba al par de reinas rudas subida en la silla. No pude tomarles un video, ni una foto. Aunque iba preparado, a la mera hora no pude. Después del escándalo de la arena el silencio del coche parecía más denso. Decidimos guardarles el secreto y no decir nada, pero nunca las volvimos a ver igual.