El bebé francófono |
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Arte y Cultura

El bebé francófono

El Colectivo Cuenteros nació en el seno del Taller de Cuento Corto en la Biblioteca Henestrosa, el cual lleva cinco años de actividades bajo la dirección del escritor Kurt William Hackbarth. El propósito del Colectivo es apoyar la formación de narradores oaxaqueños. Para mayor información, contáctenos en: colectivocuenteros@gmail.com.

El bebé francófono | El Imparcial de Oaxaca

Por: Kurt William Hackbarth

Cuando el bebé de la familia Johnson empezó a hablar francés, hubo de qué preocuparse. Sus padres lo llevaron a toda prisa a una consulta con su pediatra y un experto lingüista, quienes confirmaron el diagnóstico casero: el bebé hablaba francés y nada más.
—Lo habríamos traído antes —dijo la señora Johnson—, pero sus primeras palabras se parecían tanto al inglés que no notamos nada extraño. Sólo eran un poco diferentes en…
—Énfasis silábico. Sí, por supuesto —afirmó el experto lingüista.
—¡Y se oían tan tiernas! Nos decía “Ma-maan, Pa-paah”, con sus ojotes azules, ¡y era como la voz de un ángel!
El señor Johnson lanzó una mirada de recelo a su esposa antes de dirigir su atención al doctor.
—Pero ¿por qué francés? Es un idioma…
—¿Sí…? —dijo el pediatra.
—Es un idioma muy poco varonil, la verdad.
—¿Habla usted francés?
—¡Cómo cree!
—En todo caso, la idea de que existen idiomas varoniles o no varoniles es errónea —interpuso el experto lingüista—. Se trata de percepciones cien por ciento subjetivas.
—Entonces, mis ideas son erróneas —replicó el señor Johnson.
—Cariño, tranquilízate —la señora Johnson colocó una mano en el brazo de su marido—. Nadie está diciendo eso.
—Es una situación sin precedentes —afirmó el pediatra—. Ya por el séptimo mes del periodo de gestación, los movimientos del feto se sincronizan con las unidades verbales de la madre. El bebé nace listo para reconocer el patrón sonoro materno. ¿Lo han expuesto a música o películas francesas?
—No —contestó la pareja al unísono.
—¿Le han leído en francés, antes o después del parto?
—¿Cómo le vamos a leer en francés si no lo hablamos? —vociferó el señor Johnson.
—Al menos el francés tiene muchos cognados —razonó el experto lingüista.
—¿Cognados? —repitió la señora Johnson, arrugando la entrecejo.
—No es nada malo —dijo el experto lingüista con una leve sonrisa—. Los cognados son palabras que tienen el mismo significado en ambos idiomas. O vienen directamente del latín o fueron adoptadas del francés después de la invasión normanda. Les ayudarán a entender lo que dice.
—Dejémonos de bobadas —dijo el señor Johnson—. ¿Cómo le vamos a hacer para que mi Jack hable única y exclusivamente en inglés?
—Si no ha empezado ya, en un ambiente de inmersión total desde su nacimiento, no veo por qué empezaría a hacerlo ahora —concluyó el experto lingüista.
*****
La segunda y la tercera opinión, dispensadas por reconocidos especialistas en la materia, sólo sirvieron para corroborar la primera. Mientras tanto, las tentativas familiares por no llamar la atención sobre el asunto se iban a pique ante los chismosos del vecindario, quienes soplaron la noticia a los medios de comunicación, quienes a su vez armaron un alboroto impresionante frente a la casa del matrimonio. Alarmados, sus amigos acudieron por montones para animar a los atosigados Johnson con informes de otras familias que lo pasaban peor.
—Los vecinos a dos casas de la mía tienen un chiquito que está empezando a hablar en ruso —contó Bill Forrester al grupo reunido en la sala de estar—. Intentan impedir que salga, pero lo puedo oír cuando estoy desyerbando el jardín.
—Y yo tengo una pareja en el centro comunitario —agregó su esposa Jill, una trabajadora social—, son inmigrantes del Perú, pero su bebé de la nada empezó con una serie de balbuceos que nadie podía entender, entonces tuvimos que recurrir a un experto lingüista. De hecho, creo que es el mismo que diagnosticó a Jacques.
—¡Jack! —interpuso secamente el señor Johnson desde la repisa de la ventana.
—Sí, perdón. Bueno, el lingüista tampoco le entendió nada, entonces llamó a otros colegas y resulta que es un dialecto del cantonés que sólo se habla en determinadas regiones de Guangzhou, China.
—Al menos estos son idiomas vivos —opinó PaulineKnapp, una compañera de tenis de la señora Johnson—. ¿No han oído hablar de la pareja con gemelos, uno de los cuales habla… —sacó de su bolsillo un recorte de periódico y lo desdobló— “…el germánico antiguo, y el otro, una innovadora mezcla de dialectos malayo-polinesios. Los aturdidos padres no pudieron más que rascarse la cabeza”. ¿Pueden creer eso?
—Eso no es nada —agregó Steven, el esposo de Pauline, inclinándose con complicidad hacia el centro del grupo—. Tengo un colega en el trabajo, un tipo genial, acaban de darle un ascenso, y él tiene una nena que empezó a hablar en proto-sapiens, el primer idioma de la raza humana. Los investigadores han intentado reconstruirlo desde hace siglos y de repente nace esta nena que lo habla espontáneamente, pero… —bajó la voz a un susurro— apareció el FBI y se la llevaron. No se sabe nada de ella desde entonces. La esposa está fuera de sí.
El hijo de los Johnson entró bamboleándose a la sala de estar, buscando entre los invitados a su madre.
—Maman, je veux un biscuit —balbuceó.
—¡Cállate, chiquillo! —Su padre cerró las cortinas de un tirón.
*****
Dado el cariz de las cosas, los Johnson resolvieron despachar su problema por vías diplomáticas. A cambio de unasuite de por vida en el Castillo Frontenac, cedieron la tutela de su hijo al Ministerio de Cultura de la Provincia de Quebec, que no tardó en esgrimirlo como una muestra de la superioridad innata de la lengua gala. A pesar de la discreción empleada, la noticia del trato también se filtró y desencadenó una epidemia mundial de tráfico de bebés, o “johnsonismo”, protagonizado por los padres cuyos niños hablaban todo menos sus respectivas lenguas maternas; en el caso de los bebés que hablaban lenguas muertas, se obtuvieron ganancias todavía más sustanciosas de las fundaciones científicas internacionales. La práctica, condenada por la ONU, las ONGs y algunos partidos marginales de ultraizquierda, persistió de manera clandestina hasta el día en que Pauline Knapp entró jadeando por la puerta principal de la casa de los Johnson.
En lugar de muebles, la casa estaba llena de cajas empaquetadas. En la sala de estar, el señor Johnson llenaba una de las últimas a la vez que hablaba con Forrester.
—Para ser honesto, estoy un poco preocupado por esto de criar al nuevo bebé en Quebec, pero me han garantizado lugares en las mejores escuelas anglófonas para que lo atiborren de inglés —chocó un puño contra la palma de su mano—, no importa qué idioma nazca hablando.
—¡Excelente! —dijo Forrester.
—Es más, ya me tienen un trabajo como entrenador de béisbol.
—¿A poco juegan al béis en Canadá?
El señor Johnson volvió a chocar el puño contra la palma de su mano.
—Lo van a jugar.
Pauline encontró a la señora Johnson, con varios meses de embarazo, ocupada en la tarea de vaciar los armarios de la recámara principal.
—¿Ya te enteraste de la noticia?
—¿Cuál? —preguntó la señora Johnson, dejándose caer pesadamente sobre la cama.
Pauline logró por fin recuperar la respiración.
—¡De estos nuevos niños, estos nuevos casos! De países diferentes, sin ningún contacto entre ellos, todos perfectamente normales, pero cada niño…
Sacudió la cabeza como sopesando lo que estaba a punto de decir.
—¿Sí, cada niño…? —apuntó la señora Johnson.
—Cada niño habla su propio idioma creado a partir de cero —prosiguió Pauline, articulando cada palabra con sumo cuidado—. Y. Ningún.Otro.